el gritito

"From my rotting body, flowers shall grow and I am in them and that is eternity."
—Edvard Munch
"De mi cuerpo putrefato, crecerán las flores y yo estaré en ellas: eso es la eternidad"
—Edvard Munch




Lincoyán Berríos observó el atardecer del cuadro de Munch: la mansa cagá, dijo, y se rió entredientes. A su lado una bella consejera de Arte le explicaba las razones del cuadro. Munch pintó cuando se cree en el otro lado del mundo se rajaba Krakatoa, unas islitas en Indonesia, no muy grandes ciertamente geográficamente hablando, pero lo suficiente como para hacer zumbar el globo y cambiar el clima por unas semanas.

Lincoyán no entendía nada, la única clase de volcán que había podido querer ver era el de su consejera de Arte. Siempre había tenido esos abcesos de lujuria irrefrenable, desde que descubrió la mecánica de la sexualidad humana de labios de su padre.

Aquí, todos están a la cola, menos tu mamá y tu hermana hueón. Claro los mismos tabus que se había impuesto su padre como una forma de empresar sus pasiones, se los metió a Lincoyán en la mente. Así de sopetón. Y mientras Lincoyán trataba de entender algo de toda esa bestialidad sexual que su padre pegaba en los muros de mecánico, con mujeres de sendos pechos y peludas axilas púbicas, se refrejaba en las herramientas.

Todos los días el papá de Lincoyán Berríos le pegaba su charchazo en la cara:
No, hueón así no. Aprende. Y zás la cachetada que le ultrajaba las babas.

Y Lincoyán como una maquinita, de esas que su papá arreglaba con las manos sucias y el rostro aun más sucio, queriendo entender porqué se había casado o porqué habia engendrado esas mierdas que serían su futuro, pero que eran pusilánimes como el mismo.

Oh, decía el papa de Lincoyán, todo el día veo esos rostros incompletos y me da asco la profundidad de su mirada, la debilidad de sus cuerpos, la intrascendencia de sus almas, rogando por una palabra sabia o un consejo último, que los haga despertar. Pero yo no puedo, se repetía, masturbándose con las revistas que ocultaba de sus hijos, y con los betamax que recían habían salido con furia y atrevimiento, depictando mujeres violadas en el acto o a mujeres-niñas socavando los tabues incesto y un etc grande, como el universo de prohibiciones religiosas [ver infra], que tanto gustaba sobrepasar con el puño enguantando el miembro atrofiado de tanto placer del padre, que ya no se masturbaba el falo sino que terminaba masturbándose la mente, olvidando en cada eyaculación su nombre, su edad, su familia, sus hijos, su hija, la vida, el trabajo, la mecánica, las micros y todas esas basuras que se atachaban al diario mural de la existencia con pesadumbre.

La religión era importante para el padre de Lincoyán, por eso los había mandado a un colegio de curas y hombrecitos; donde los niños crecían de la mano del cristo amigo, aquel ser claveteado por sus pares por hablar mucho y escuchar poco. "El que a fierro mata, a fierro muere", decía el mesías pusilánime, lo que se engarzaba perfectamente en la mente de Lincoyán, cabro chico, herido hasta lo más profundo por los golpes de su padre, los golpes de la profesora de básica, que levantaba en vilo las patillas profusas de los párvulos, de las parábolas cobardes del dios, y de un etc de mitos, TOC [Sindrome Obsesivo Compulsivo], calambres, auto-infrincción de cortes, tricotilomania, pica, onanismo, tortura contra insectos y animales, etc.

"Te quiero hijo," escuchaba Lincoyán pero era el papá de su compañero, que se descolgaba de la micro para saludarlo, levantarlo, alentarlo, animarlo, quererlo, estimarlo y respetarlo. Así fue mi infancia, repetía Lincoyán perdido en la sexualidad portentosa de la Consejera de Arte. Claro, como Munch estaba preocupado por la sobrevaloración de una copia única del grito, decidió crear una litografía, que podría ser reproducida cuantas veces sea posible. Pero los Nacional Socialistas vieron en su arte degeneración y perversión del proyecto nacionalista y prohibieron su obra.

Ahí, al escuchar la palabra Nazi, Lincoyán se interesó. Miró el cuadro una vez más, las manitos prensando la desgracia; el hociquito desencajado (ahora no se acordó de macoli colkin); la pareja que se pierde en la izquierda saliendo del segundo tercio de la izquierda, como una pareja apretando cachete, y al personaje en el medio centro y abajo, cagado de miedo y histericia.

Luego se concentró en los primeros tres tercios superiores. Cuántas veces no vió ese atardecer glorioso cuando iba en el metro aéreo. Entonces se conectó con el arrebol inefable del cuadro de Munch.

¿Donde habrán crecido las flores incandescentes del cuerpo putrefacto de Munch? pensó Lincoyán, antes de quedarse callado por harto rato.

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Blogger myself dijo...

Como tanta violecia puede haber soportado un solo ser. Cuan debil e indefensos somos, y a la vez tan fuertes para seguir viviendo y acostumbrarnos. La conexion del cuadro con tu sentir internos es claro. Pero la verdad es que no puedo describir con palabras lo conmovido que esta mi corazon. y no quiero utilizar papalabras de empatia por que me es innimaginable tanto dolor, abandono e incomprension.

10:57 a.m.  
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