Prólogo de Antonio Machado
*Quien me prologa sin su permiso, pero
con mucho respeto de mi parte.
"He andado muchos caminos,
he abierto muchas veredas,
he navegado en cien mares
y atracado en cien riberas.
En todas partes he visto
caravanas de tristeza,
soberbios y melancólicos
borrachos de sombra negra,
y pedantones al paño
que miran, callan y piensan
que saben, porque no beben
el vino de las tabernas.
Mala gente que camina
y va apestando la tierra...
Y en todas partes he visto
gentes que danzan o juegan
cuando pueden, y laboran
sus cuatro palmos de tierra.
Nunca, si llegan a un sitio,
preguntan adónde llegan.
Cuando caminan, cabalgan
a lomos de mula vieja,
y no conocen la prisa
ni aun en los días de fiesta.
Donde hay vino, beben vino;
donde no hay vino, agua fresca
Son buenas gentes que viven,
laboran, pasan y sueñan,
y en un día como tantos
descansan bajo la tierra."
*Extracto de los Cantares
I
Marchando por un camino largo que sube del mar a la montaña, nos acompañamos. Mirando nubes, queriendo volar, quemando el sol, codo a codo, caminamos. Cayó la lluvia, arreció el hambre y la sed, y para no desesperar, jugamos ajedrez.
A la sombra de un árbol alto, dormiste plácidamente. Yo tu sueño velé y tu pelo acaricié. Las montañas verdes, graciosas, se mofaron de nuestro arduo caminar. Las piedras del camino, el cielo azul, el río marrón, las vaquitas gordas, las mazorcas frescas, todo era un concierto bucólico y burlón.
A más de cien kilómetros de allí, la ciudad jugaba con nosotros a las escondidas. A media tarde, un bicho formidable descansó en mi pecho. Y de tanto caminar, tus pies me dolían, en esas zapatillas desfallecientes.
El porfiado caminar se trucó de verbo en adjetivo y luego en sustantivo. Y las piernas adquirieron conciencia propia. Me insultaban con cada paso ¿Y yo, en cambio, a quién insultaría?
II
Tú por tu parte parecías flotar en ese aire enrarecido. Hubiera sido feliz de que me llevaras en tu seno, como un hijo de tus entrañas, al abrigo de tus latidos.
Mas de pronto la ira de las piernas me subió por las venas hasta el pecho y luego hasta las sienes y, entonces, caminé con furia, envidioso de tu gracilidad y harto del cielo burlón, que hacía caer granizos sobre nuestras cabezas.
Pero no duró mucho mi miseria, porque aparecería presuroso un transporte policial que se apiadó de nosotros y así aliviamos nuestras cargas y fatigas por un rato, ya que tras arribar a un poblado semidesierto, debimos emprender nuevamente la marcha.
Esta vez eran las callejuelas y casitas, los niños mocosos y el polvo en las veredas quienes se mofaban al unísono con cada uno de nuestros pasos. Y el pueblito burlón estaba semidesierto no por falta de habitantes, sino por exceso de rebeldía.
III
Fue cuando creímos encontrar la salvación en una caravana detenida a la entrada de un puente cuando, vana ilusión, encontramos a casi todo el poblado apostado en el otro extremo, impidiendo el paso a quien se atreviera a cruzar.
Y abajo, las aguas del río marrón, presurosas corrían a reunirse con el mar, cuchicheando nuestra desgracia con las piedras del fondo, riendo con su bulla chispeante.
¡Enhorabuena! Los pobladores decidieron volver a sus casas y despejar la vía tras caer la noche con sus fantasmas. Y así, acurrucados en un rincón de un hacinado bus pullman, mecidos por el traqueteo de la máquina rodante, de tanto querer dormirnos, nos dormimos.
IV
Pero era demasiado temprano para bajar la guardia. De madrugada, iluminados por la luna llena, esa díscola que quizá venía a enterarse de lo que ocurría, hicimos un nuevo alto en el camino.
Con idénticas barricadas, casi como un déjà-vu exasperante, nos esperaba otro piño de beligerantes campesinos. Estábamos otra vez estancados y a merced de las burlas del paisaje.
Allá lejos, la vía del ferrocarril, la misma que solía visitarnos en todas nuestras paradas, como si hubiera querido traernos el tren que nos llevaría a conquistar "la más alta vasija que contuvo el silencio". Mas no era ése su propósito. Allí estaban sus rieles burlones brillando con el resplandor de luna, riendo con lucecitas misteriosas que escalaban la montaña.
V
Y mientras yo figuraba envuelto en divagaciones, mirando a una chola mear graciosamente encuclillada junto a la berma del camino, llegaron rumores de refriega entre pálidos y cobrizos.
En nuestro bus pullman devenido en guarida, una guagua hambrienta, lloraba, una yaya envuelta en infinitas capas de chalecos y vestidos, roncaba, y un gringo desconcertado y maldiciente, hacía cálculos.
A tí te traicionaban los nervios y a mí la eterna y amarga resignación me ataba al destino, como siempre. Para nuestro alivio, unas manos generosas nos ofrecieron comida, bebida y palabras de aliento.
La refriega, que no estuvo exenta de bajas, dio lugar a un masivo éxodo, en direcciones opuestas, de cobrizos campesinos combatientes y pálidos viajeros enfadados. Fue poco después que la suerte nos metió en un automóvil salvador, entre pasajeros venidos del mar Muerto.
VI
Y su conductor nos llevó, por un módico precio, de paseo entre las piedras que tapizaban el serpenteante camino hasta un pueblo ignoto desde donde pudimos, por fin, alcanzar la civilización: la huidiza Ciudad del Sol. No lo habríamos logrado si no hubiera sido por el aval de una gentil pareja de viajeros mediterráneos que fue fugaz compañía.
Y en nuestra humilde aventura por las tierras del legendario Pachacutec pudimos observar cómo el capitalismo depredador trató de lavar sus manos manchadas con sangre en las aguas del río marrón. Allí, donde los lugareños demostraron que sigue habiendo identidad propia, pese a cinco siglos de dominación y mestizaje.
En ese lugar, los viajeros buscan ingenuamente aventuras cuales visitantes de un parque de diversiones. No saben que en estas latitudes la diversión de unos pocos trae calamidad a muchos, de la que buen provecho saben sacar los oportunistas de siempre.
Epílogo
¿Y cuáles son las huellas de nuestra propia historia? Una que concluyó tal como se gestó, con las mismas lágrimas y los mismos besos.
Tejimos nuestro texto a lo largo del Tawantinsuyo, un texto a ratos emocionante, a ratos desesperante, del que ahora reconstruyo una parte con la nostalgia del que añora lo vivido.
Algún día recogeremos el hilo para empezar a tejer nuevamente, quizá un texto nuevo, más temprano que tarde. Eso espero.