La Media Vuelta

Llegamos a lo más profundo de este abismo. Ya nada queda más allá. Cercanamente, a solo pasos, la entrada truinfal de la nueva literatura lo hace de este modo. No otro. Así de coaticos volvimos a las andanzas multifuncionales de nuestra literatura espontanea. Con el pie espontaneo que pisa mierda, se gesta el devenir ipsofacto, ad valorem y de un paraguazo. Así de brigidos, concatenando sentido en la dirección correcta. la de este viento vital. Me veo más alla. Espontaneo y cercenador, la nueva pluma rompe los mundos y con ello a los inmundos. Como un Dios errando, dejando la pura zorra adrede. Y que así sea su voluntad entonces, en el máximo de los egoismos. Sentirse divino, y de repente, se acaba. Llega alguien a cortar la entrada. Entonces nos despedimos, quizás algo vimos o de algo te acordaste. Cercenado e inmundo, el cadaver del recuerdo muere de nuevo frente a tu ojos. Ya no quedaba nada más de este regreso. Quizas nunca me fuí. Me dormí y desperté. Y al otro lado estaba yo.

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El extraño caso de la muerte súbita del Intérprete (parte 1)

Dejame tranquilo, dejame pensar…. Dejame decirles lo que sé




El público, generalmente bullioso, enmudeció ante el mensaje inesperado

Aquel silencio espontáneo y prolongado acallo hasta al orador. The interpreter screw it up! He thought, prosiguio con su speech.



“Yo lo maté, disfruté viendo su sangre derramada en el suelo, sus sesos esparcidos por la alfombra, y su cara de snob”



La audiencia comenzó a voltear sus cabezas hacia la cabina. La expresión del interprete les sorprendió tercermundistamente. Estaba pálido como una hoja. Había estado interprentando toda la mañana y no habia alguien para reemplazarlo. La colega finlandesa había notado su desazon. En varios instantes sintio la tensión del divagar. De sentir que las palabras, tan sutiles, se escapan en un vacío semántico, mas alla de donde sus ramas cognitivas se asoman. Le hizo señas para que saliera de su trance. Pero el interprete estaba muy lejos. Incluso mas alla de esta conferencia. En su mente, estresada hasta el paroxismo, dejaba caer una fila de semas cargadísimos al microfono. Cansado de pensar como traducir “accountability”, si será mejor para el contexto usar “responsabilidad”, aunque aquella palabra no convenciera al maestro que le enseño el camino del interprete, como usar aquella katana ancestral para cortar el queque semántico. “Es mejor decir obligación de dar cuenta” es lo que decía el maestro. Pero no era momento de entrar en aquellas vacilaciones. Ya habian pasado 5 o 6 frases y su análisis se perdía en la profundidad del absurdo. Miraba los ojos del orador, hasta que perdió la capacidad de entender lo que él decía. Dejó que algo tomara la narración interpretativa. Entonces, aquellas palabras salieron de su boca. Despues de eso, se desmayó, boto la cabina, produciendo un ruido infernal en los receptores de señal corta.



Y murio.

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Coprolalia (aportes de los actkqueanos son bienvenidos)

Defecar
-Hazte caca gil culeco
-Me cago en la teta de María
-Ni cagando te presto plata
-Cállate y no la cagues más
-No sean cagados y presten plata
-La cagó medio a medio
-Me cagaron con el vuelto.
-Más cagón, ni pudo levantar el saco de papas!
-El viejito está todo cagado en el hospital.

Hitos
-Ese mojón cree que se puede meter conmigo
-Esa mierda vale callampa
-¿qué se cree la/el mierda?
-Se hizo un lulo y se quedó dormido

Flatulencias
-Me salió al peo
-Chanta un pedo en la tula
-Andamos a saltos y pedos
-Duró menos que peo en canasto

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Feliz 18

Surgimos de la materia con nuestra cara de ahueonados, y en el fondo de nuestro corazón sentimos que merecemos esta errada senda en la cual no ha llevado este lastimero circo itinerante, que en realidad no nos mueve a ningun sitio, sino que nos mantiene engordando en nuestros sillones, y repitiendo aquel triste espectaculo en cada capitulo. Obligados a narrar con nuestras vidas la boludez del dia a dia. y de repente aparece la vuelta de cueca, que nos consume en su vorágine, y la gente se licencia en el consumo y la autodestrucción, para luego reasumir el mismo show y colocarnos la corbata para demostrar a los demas que podemos, que somos capaces de llevar esta cruz, y someternos a lo establecido, que es lo mejor para todos (se supone)
Con la misma cara de idiotas parlanchines, payasos tristes, volvemos a la vuelta de cueca, y esperamos que su cadencia nos embobine lo suficiente para seguir soportando la adversidad.

Ubi sunt miseria?

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El traductor

Puedo escribir los versos más miserables esta noche, pensó Adalberto, mientras observaba cómo la luna, con su letanía humeda y su rostro surcado de viejas cicatrices, recorría el paño de la oscuridad. Sólo, como un embajador en un país de impronunciable nombre, Adalberto se aferró al gollete helado de su cerveza como la única respuesta a su insaciable depresión.

No conseguía aquel trabajo soñado con el que lo engatusaron los orientadores en el liceo para que estudiara traducción. English is the International Language, le dijeron sus maestras de bigotes rancios, con acento remilgado y escrupuloso. Ni una sola lapa se separaba de sus gargantas agringadas sin ser dosificada por el ser anglosajón y escupida con un melodioso acento del norte Yorkshire.

Pero ahí estaba él, engordando merced odiosos platos de fideos y arroz, que alternaba con complicadísimos preparamientos de vienezas con zanahoria, vienezas con verduras congeladas, vienezas con ketchup, vienezas asadas, etc. Sus últimos estipendios los había gastado en una jaba de bebidas, que iba vaciando con más premura que parsimonia.

Recordó a sus amigos del instituto. Ah, esos eran tiempos. Recordó el calor acendrado de sus novias, aquellas mártires del rigor que lo acompañaron a pesar de que no acarreaba ni un sólo peso en sus bolsillos, tan solo por un mísero poema, que les repetía a todas.

Solo, triste y odioso en la misma pensión de su vida de estudiante, decidió que ya era suficiente. Tomó la soga que sostenía una repisa (que se vino abajo completamente), trepó una silla de plástico, que había robado en la cafetería del instituto, y anudó un hojal en la viga expuesta de su habitación.

Allí con la visión única que da la existencia antes de la muerte, respiró hondo y se lanzó...

Lentamente, sus pensamientos se fueron apagándose. Primero lo que había hecho ese día, luego sus lecciones en inglés, los verbos, las if-clauses, las frases de relativo, todas se esfumaron en un segundo que duró un milenio, el rostro de su madre castigándolo por ser tan sucio, las manitos pequeñas rompiendo caparazones de insectos, el verbo primigenio que aprendió en sus primeros años, todo se extinguió de su cabeza.

Allí colgando, su cuerpo se fue transformando en un fluido maloliente y espumoso.

Sus amigos ni lloraron cuando supieron que se había muerto.

Aquí yace un traductor, escribieron con sorna en algún sitio web, de esos gratuitos que nadie lee.

Así efimero como una promesa imposible, Adalberto, el traductor que no traducía, vivió su existencia en una tierra helada y llena de contratiempos.

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Etapas en la aceptación de la muerte

La doctora Elisabeth Kubler-Ross describe las etapas en la aceptación de la pérdida de un ser querido en 5 etapas ordenadas según su secuencia lógica.

Etapa 1: La negación

Durante esta etapa inicial se genera la reacción común para todas las pérdidas. La persona niega lo sucedido y cuestiona su percepción de los acontecimientos. Generalmente se presenta acompañada de la necesidad de aislarse y a veces con sentimientos de culpa y alienación.

Etapa 2: Furia

La persona siente mucha impotencia ante lo sucedido. Se centra en las causas de la muerte y reacciona violentamente contra los causantes de la pérdida. Si estos no son evidentes, los refleja en otras entidades, materiales o imaginarias, o incluso en su propia persona. Lo que resulta en autodestrucción o despreocupación personal.

Etapa 3: Negociación

Posterior a la reacción violenta anterior, la etapa 3 involucra una racionalización de lo ocurrido y se buscan maneras de resolver la pérdida. Éstas se concretan mediante la búsqueda de asistencia, ya sea por la oración, ayuda profesional, o actividades que pueden incluir la idea de intercambiar al fenecido por buen comportamiento o sacrificios de algún tipo.

Etapa 4: Depresión

Incluye un período de dolor extremo por la pérdida. Las esperanzas psicológicas flaquean y la persona comienza a entender la imposibilidad de cambiar las cosas. Los recuerdos de la persona se vuelven reiterativos. La mente comienza a buscar reminiscencias del fenecido en objetos, personas y situaciones. El deudo se aferrará incluso al dolor, llegando incluso a autoflagelarse para mantener su sufrimiento.

Etapa 5: Aceptación

La persona comprende de manera positiva la pérdida de su ser querido. Su dolor ya es solo en momentos y es capaz de racionalizar positivamente y pensar en el futuro. Deja lo pasado atrás y recuerda a la persona sin sentimientos hostiles
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La mente del hombre casado

Ella se abalanzó sobre él, para besarlo. Quería convencerse de que aún le pertenecía. Él corrió la cara y echó su cuerpo hacia atrás, evitándola. Ya no podía sentir nada por aquella persona que, seguramente sin darse cuenta, había hecho su vida miserable por tantos años.

Buscó algo de comer, pero solo encontró ollas sucias y restos de lo que parecía algo que acababan de comer. "¿Qué es esto?", preguntó, mientras le sonaban las tripas. Ella replicó: "Ah, eso eran unos dulces que compré en la panadería. Te íbamos a dejar uno, pero no tenía qué darle al niño de cenar, así que se comió el último. Eran tres: uno para cada uno".

Hurgó en una bolsa y encontró una hogaza de pan duro. Abrió el refrigerador y solo encontró una pizca de mantequilla para untarle. Se preparó un café.

Depués de beberlo y de comer de mala gana la mitad del trozo de pan, se dirigió al dormitorio, pero solo introdujo medio cuerpo. La luz estaba apagada. Ella veía televisión. El hijo dormía profundamente, con la cara sucia y la ropa del colegio aún puesta.

Cuando se agachó para besarlo en la frente, metió su mano entre las cobijas para saber si no era tarde para llevarlo al baño. Por suerte, aún era tiempo.

Con el niño como sonámbulo, lo llevó al baño, le ayudó a orinar, le limpió la cara con un trozo húmedo de papel higiénico. Estaba tan dormido que no pudo lavarle los dientes, aunque por la boca expelía un olor ácido. Lo llevó al dormitorio, le sacó la ropa, le puso el pijama y se recostó un rato junto a él, resignado.

Ella reía con el programa que pasaban por la tele. A ratos le hablaba, pero él solo escuchaba un rumor. Su mente divagaba por hermosos parajes en un día soleado. Miraba a su hijo correr entre las margaritas y a una bella mujer a su lado estirándole la mano para ofrecerle un exquisito panecillo que había preparado ella misma.

De pronto, un intenso dolor en el estómago lo devolvió a la realidad. También le dolía el cuello. Buscó una almohada, pero las tres estaban tras la espalda de su mujer, que seguía riendo frente al televisor.

Cerró los ojos por un momento, para tratar de imaginar otro bello paraje, pero el dolor de estómago se lo impidió. Al abrirlos, miró a un lado y vio a su mujer semirecostada, que dormía profundamente, aún con el control de la tele en las manos, los lentes puestos y la boca entreabierta.

Se levantó para arroparla. Seguía vestida. Incluso llevaba puestas las zapatillas. La movió para despertarla. "Sácate los zapatos", le dijo y le estiró el pijama para que se lo pusiera. El dolor de estómago lo distrajo nuevamente.

Se dirigió al baño, se lavó los dientes. Tomó un vaso con agua. Se miró el rostro cansado frente al espejo. Sus ojos reflejaban el cansancio del mundo entero.

Con más sueño que hambre, se decidió a dormir. Púsose el pijama, corrió al hijo hacia el medio de la cama, le arrebató una almohada a la mujer, cogió el control de la tele y buscó algo que ver.

Por la pantalla desfilaban mundos inverosímiles; escuchó noticias escalofriantes; vio imágenes idiotizantes, la mitad de una película que parecía buena y a un puñado de noctámbulos filosofando sobre el sexo, la oficina, el clima... hasta que por fin, sucumbió al sueño y se durmió.

La mañana siguiente, como un autómata, se levantó, se dirigió al baño, se dio una ducha larga, como acostumbraba. Aprovechó el momento para masturbarse, pensando en la mujer que invadía su imaginación. Todavía le dolía el estómago. Después del baño, hurgó en el clóset para encontrar su ropa, entre la maraña de ropa sucia y limpia, sábanas sin doblar, envoltorios de caramelos y un envase de desodorante vacío.

Tras entrar en la cocina y recordar que no había nada para comer, se preparó otro café, lo apuró y se devolvió al baño, se lavó los dientes, arropó al hijo, que seguía durmiendo y preguntó a su mujer: "¿Dónde están las llaves?" Ella respondió: "No sé donde dejas tú esas cosas, déjame tranquila", para luego darse media vuelta y seguir durmiendo.

Cuando llegó a la puerta, echó una mirada hacia atrás. Sus ojos vieron el cuadro que obstinadamente se repetía cada mañana, cada vez que hacía lo mismo, antes de marcharse al trabajo: los trastes sucios del día anterior repartidos por la mesa; ropa sucia estorbando la salida del dormitorio; polvo acumulándose sobre los muebles; los cuadernos de colegio del hijo en el suelo, debajo de la mesa de centro; sobre esta, una maraña ininteligible de artículos de diversa índole además de las llaves que buscaba.

Un hedor a encierro gobernaba toda la casa.

Abrió la puerta, que daba a la calle, y un resplandor lo encegueció por un segundo. Había un sol maravilloso allá afuera, esperándolo. Mientras caminaba hacia la avenida principal, donde tomaría el bus que lo llevaría al trabajo, sus vecinos lo miraron de reojo, como si estuvieran ante un proscrito.

Al dar vuelta por la esquina, vio a una mujer hermosa, como con la que soñó la noche anterior. Se desesperó. Cruzó a la otra acera para conocerla, quizás -o al menos- para saber su nombre. No vio el bus que todas las mañanas aparecía puntual desde la calzada de enfrente.

Todo terminó en un segundo. Su cuerpo voló por los aires como un pañuelo y se fue a estrellar contra un poste del alumbrado.

Boca abajo, sin aliento, sintiendo la sangre fluir por todo su cuerpo, recordó por fin lo miserable que le había hecho la vida su hermano, cuando era un infante; recordó a su madre, que hizo su vida miserable en la adolescencia; recordó la imagen sin rostro de su padre; recordó a las víctimas de sus propios abusos. Y sintió que merecía todo aquello, que merecía morir así, por sorpresa, antes de descubrir que la vida podría darle una tregua.

La hermosa mujer nunca se dio cuenta de lo ocurrido. Su vida continuó felizmente sin haber presenciado aquel macabro descenlace. Su mujer, en cambio, tras su muerte, se volcó a una vida de desenfreno y a los pocos años, murió también.

Su hijo, el día posterior a su muerte, hurgando entre las cosas que había en la casa, encontró una libretita, en la que su padre le escribía mensajes para cuando algún día no estuviera presente. Allí le relataba el calvario que había sido su vida, su desesperanza; y lo aconsejaba a ser un hombre de bien, para no apresurarse ni desesperarse ante la adversidad.

Ese hijo conoció a una hermosa mujer, con la cual se casó y formó una familia. Ahora vive una vida tranquila y plena, como su padre hubiera querido.

Su mente no divaga por ningún paraje de ensueño, porque cada domingo salen al campo con sus hijos a una tarde de picnic, y su mujer le prepara exquisitos manjares.

A veces, en las noches, mientras pasa por ese estado de entresueño que antecede al sueño profundo, cree sentir la presencia de su padre a su lado, dándole un beso en la frente y deseándole buenas noches. En esos momentos, su mente se distrae levemente, recordando algunas tardes en que ambos salían a jugar a la pelota o a pasear al perro.

Cómo quisiera poder compartir con él la alegría de vivir, que ahora disfrutaba gracias a sus consejos.

"Saludos padre, dondequiera que estés y buenas noches", es lo que siempre repite antes de quedarse dormido no sin antes abrazar a su mujer, satisfecho.

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Aqui Estamos Nuevamente

Aquí estamonos mandando tremendo pedazo de script. El personaje principal es un sujeto miserable, que tambalea a través de los páramos de su atolondrada existencia. Y en aquél divagar representa a aquel mono que trastorna al elefante, y le distrae de su recta senda y vamonos argumentando en los porqué de la historia. Probablemente sea porque la vida le dio aquella esencia que disparó sus cortinas en la penumbra de los sueños particulares, y de miles de quehaceres nos dio una luz de frente para comprender nuestros dilemas prácticos. Alguna vez podría soñar con repartir la luz desde lo profundo del Alma. Como si aquellas versas machacaran su oscura faz de pretérito indefinido. Hicimos sonar campanadas para llamar al rebaño a la estancia. Mas su sonido nos distrajo que la exactitud que necesitábamos. No me vengan con llantos a esta altura. Ya les daré yo lo que se merecen. Pura poesía automática y weas que no son ciertas a esta altura. Solo se trató de un soliloquio con la locura, entregada a expensas de los locos.

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