La terminal

"¿Querían poesía conchetumadre los culiaos?", Luciano Díaz replicó en voz alta en la habitación donde estaba solo. Ciertamente le hablaba a sus compañeros de universidad, quienes no podían responder ni siquiera oirlo, porque llevaban varios lustros muertos. Al principio no supo de la existencia de un blog donde sus antiguos compañeros universitarios escribían las más variopintas "mierdas" como el las denominaba en su fuero interno. Luego, poniendo su nombre en google dió con un pequeño cuento que había escrito uno de sus "amigos" donde lo describían muy mal. "Cómo si yo alguna vez hubiese hecho esas cosas que ahí narra. Me dejan como un monstruo!" Nuevamente habló en voz alta a un interlocutor fantasma. Pero luego comenzó a extrañar las locuras y sintió remordimientos de no haber pasado más tiempo con ellos cuando estaban vivos. Como un idiota se puso a comentar entradas que habían sido escrita 30 años antes y anhelaba quizás haciendose el iluso alguna respuesta. Esperó de esa misma forma que el blog se actualizara con alguna entrada. "Estos culiaos están bien muertos," dijo "es tarea de los vivos hacer que esta hueá continúe." Pensó que sería sencillo y se dió a la tarea de escribir un poema conchesumadre. "Es cosa de escribir hueás trágicas, buscar en el diccionario términos raros y llenar de garabatos el poema." Pero por más que lo intentó, su dedo seguía pulsando la tecla eliminar y la leche blanquecina de la plantalla seguía siendo un muro impenetrable. "Bueno si los muertos no escriben, y los vivos no pueden, quizás un programa sea capaz".
Con sus conocimientos de programación que consiguió en un curso de la municipalidad para el adulto mayor, escribió un programa que tomaba todos los segmentos poéticos de la cornucopia, los colocaba en una matriz y por medio de un algoritmo ad hoc, generaba un poema. Los primeros resultados eran alentadores:
No hay recurrente paradigma en las vicisitudes que acaecen sobre nuestras cabezas vencidas.
Tratando de olvidar lo poco que queda de nuestro amor indisoluto.
Nada podía impedir que escuchara la incesante monotonía de los dogmas precipitados en escupitajos certeros a las subconciencias de sus condiscípulos.
Como no iba a objetar a estos hijos de puta.
Si fuese un procer, los condenaria a plasmar su llanto.

Ajustó un poco los tiempos verbales para que generaran la ilusión de cohesión, pero no era suficiente. Contactó un ex compañero de colegio que se había dedicado a la robótica por años y consiguió que le enseñase a programar una inteligencia artificial. Demoró otros 5 años en poder entrenarla para que pasara la prueba de Turing. Y finalmente fue capaz de dialogar con esa inteligencia:

Terminal Azzkeeker@cornucopiabot

Azzkeeker@cornucopiabot:-$ poem -v

Azzkeeker@cornucopiabot:-$
GNU bash, version 150.2.24 (release) Cornucopiabot
Quédese afuera, si quiere. / Mi volá siempre ha sido y será vertida en las mentes inocentes. / Destruido, en detrimento de tus pares. / Eso le pasa por confiar en su mente. / Justo cuando se consolida la revolución existencial del mundo.

Azzkeeker@cornucopiabot:-$ clear

Azzkeeker@cornucopiabot:-$ poem -KK "Más kaka!"

Azzkeeker@cornucopiabot:-$
GNU bash, version 150.2.24 (release) Cornucopiabot
Mi rencor es extensible. nunca quisiste. / Te pesará sobre la conciencia, conchetumadre. Estamos en el siglo de las mierdas. Te fuiste y me dejaste con la pregunta sin formular.

Azzkeeker@cornucopiabot:-$ clear

Azzkeeker@cornucopiabot:-$ poem -KKK "Más kaka!"

Azzkeeker@cornucopiabot:-$
GNU bash, version 150.2.24 (release) Cornucopiabot
"¿Luchiano, eres tú?" Y or N

Azzkeeker@cornucopiabot:-$ Y

Azzkeeker@cornucopiabot:-$
GNU bash, version 150.2.24 (release) Cornucopiabot
"Luchiano, déjanos ir por favor, estamos cansados!" Y or N

Azzkeeker@cornucopiabot:-$ N & poem -KKK "Más kaka!"

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Con permiso de la cultura...

La realidad sufre de halitosis, caga hincada sobre un agujero hecho a la rápida en el cerro, con asco mientras asciende el olor a mierda y busca unas hojas para poder limpiarse el culo, el cabello enroscado en gruesas matas grasientas le tapa los ojos y de alguna manera la protege. La realidad es así poderosamente simple, muy distinta a la cultura aquella parasítica enfermedad que se apodera de su natural bestialidad y la transforma... como la ves que el profesor de sicología nos hablaba de las convenciones sociales y como "ser homosexual" era equiparable a no poder pronunciar "shoulders" en inglés. "Son todas reglas que se las enseñamos a los cabros chicos", dijo, "¿quién no quiere lo mejor para sus niños?", afirmaba. Y su mierda político correcta también salía timorata, pero aplastante, cuando pronunciaba los motes de "breve como un viento en un canasto" o se complicaba para decir algo complejo o compremetedor:
—Con el permiso de las damas presentes y espero me sepan disculpar por lo que voy a decir, pero... los alumnos son criaturas en un proceso de desarrollo...
y uno quedaba preguntándose cúal había sido la parte terrible que merecía disculpas... La realidad no es así como esa disculpa remilgada. La realidad se parece más a una chuchada a priori bien dicha en el medio de un almuerzo familiar, algo así como cuando mi padre dijo:
—Mira ese gallo es un pobre y triste concha de su madre.... con permiso de la mesa...

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Tatuaje

Cuando tenía 15 años descubrí una colección de revistas pornos en el taller donde trabajaba mi papá. Encontrarlas fue sencillo. En el taller había dos gabinetes con las tapizadas de fondo a tope con carteles y calendarios de mujeres desnudas y un tercer gabinete que tenía muy pocas. Detrás de esa inocente fachada, se ocultaban las revistas pornos.

Eran principalmente revistas extranjeras. Italianas con fotonovelas y mujeres de entrepierna peluda. Gringas con historietas pornográficas. Y había una que me llamó especialmente la atención que era de japón y tenía todas las tulas censuradas.

Sabía que era de japón, porque mi primo me había regalado hacía unos años un diccionario de japonés para poder escribir mi primera novela de ciencia ficción sobre un viajero en el tiempo que regresa a Hiroshima a rescatar personas, pero como nadie le creía decide rescatar perros vagos con una carreta. La novela nunca la escribí y tampoco nadie se salvó en Hiroshima.

Los símbolos y los dibujos de la revista porno me interesaban tanto como las fotografías de desnudos. Me fascinó un dibujo de una mujer que era recorrida por reptiles. Recorté algunos páginas de la revista y la dejé en su lugar para que mi papá no me descubriera.

Dos años después, llegó un amigo que era al mismo tiempo compañero de curso y vecino y me comentó que un compañero de liceo estaba aprendiendo a hacer tatuajes y necesitaba practicar.

Mi amigo decidió hacerse una rosa atravezada con una espada y yo decidí tatuarme alguno de los símbolos japoneses de la revista de mi papá. Al azar escogí el que me pareció más harmónico ignorando su significado.

Me lo tatué en la parte interna de la muñeca, para que no fuera vistoso por si quedaba mal y para poder apreciarlo tambíen por si queda bien.

El amigo de mi amigo nos entregó papel mantequilla y lápices grafito para poder trazar lo que quisiermos hacer. Tracé el dibujo lo mejor que pude. Luego con un desodorante en bola aplicó la marca de grafito en mi muñeca.

Si quieres hacer la máquina de tatuar más triste del mundo, debes seguir el ejemplo de este tatuador. Toma un tubo hueco de lápiz bic; introduce un alambre que debe ir enlazado como viela a una circunferencia que gira con un pequeño motor a pilas. Al cabo del alambre ata una aguja común y corriente con hilo de coser. La tinta china debes aplicarla sumergiendo el artilugio.

El tatuaje quedó bastante bien, con una silueta demarcada y vistosa, que se descoloró cuando la pus y la costra sanaron la herida.

Pero seguía sin saber el signifcado de la letra china o kanji que me había tatuado. En la biblioteca pública había un gran diccionario Japonés-Inglés, pero que no tenía una sección de kanji, sino solo el listado de palabras en japonés. Estuve toda una jornada, hojeando todas las entradas para identificar el signo que me había hecho.

Finalmente tuve suerte y di con el símbolo.
La entrada decía: 楽 (らく,  ra ku) comfort; ease.
Un revista porno me regaló un tatuaje que significa "alivio".

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Las aventuras del Vicente, chofer de micros

En un puerto olvidado, encaramado en los fierros ajados de una máquina antigua, vivía sus agotados días, el viejo joven, Vicente.

Viejo, porque, aun cuando su cuerpo no sufría de las transmutaciones propias de quienes abandonan sus años tras el volante enhuinchado, su cerebro se había desgastado como huiros balanceados por la inexorabilidad del océano, y semejaba una arrugada pasa. Atrás quedaron esos sueños de viajes y emancipación, que durante años había anhelado. Ahora, por el contrario, su mente sólo antojaba conjugar la realidad a fin de que el resultado de esta operación fuesen placeres inmediatos y viscerales que le permitiesen sustraerse de la idea de que gastaría su vida en carreras alocadas hacia el mismo mecánico destino.

Es por eso que a pesar de haber cumplido recién los 30 años, su rostro equivalía al de un brutantesco primate furioso, capaz de prorrumpir en articulación de grueso oficio y de contenido genital o absurdo. Cuando no se hallaba, empujando manillas y equilibrando monedas, su mano encaramaba copetes que venían a expiar en algo su miseria.

Así transcurría su existencia, como un monótono recorrido a la vuelta de la rueda, pintarrajeado con algunas colleras cósmicas, pero que siempre finalizaban en la garita del patio de los callados.

Sin embargo, un día Vicente, el miserable esclavo del neoliberalismo, que es cadena invisible y cuyo vector se llama cultura, conoce un extraño ser que le venderá un artefacto, que hará que su existencia sea nunca más la misma.

Aquella tarde Vicente, con las chauchas y los choros ahítos de billetes se dirigió a la casa de Perezález, un anciano mecánico.
—¿P‘tah, on Juandro, no tendrá uhté porsiaca algún motor de partía desos mulas?
—Mira que tení donde sentarte, cauro. Hoy día mismeli se acercó un rucio chico y andaba ofreciendo uno, se lo compré artiro, paré que é rusa la marca, porque en mi perra lo había ubicao.

Don Juandro Perezalez se retiró a un cuartucho en medio del patio de su casa que estaba tapizado con Omo en cartón y de antiguas morenas de la vieja revista Bravo. Pero sobre todas aquellas sílfides, la más grande capitana, la Virgen, vigilaba la escena con su hálito de reina del puerto.

—Mire bien que yo soy corto de vista.
—Notá ná, eñó!
—A ver déjeme acordarme... ¡Gabrielaaa!

Una joven mujer, nieta del viejo Perezalez, apareció. Le ayudaba con la mecánica al pobre viejo que ya ni pensar podía.
—Agüelito, usté no compró ná el motor de partida, acuérdese que lo mandó a la punta del cerro al cabro chico.
—¿Ah?
—Espérate Vicente, yo sé donde viven.

Fueron juntos entonces a una casa desolada entre dos cerros. El camino estaba apenas dibujado, quizás por unos cuantos viajes.

—No sabía que se habían tomado la quebrada, ni tan al fondo.
—Estos son nuevos, la señora nunca sale y vive con un caballero en silla de ruedas. En las noche he escuchado sus gritos, parece que sufre de dolores.
Al llegar al montón de cartones y palos en desuso que era la casa, Vicente llamó fuerte:

—Aló...?
Un delantal apareció.
—Hola señora, el niño suyo andaba con un motor de partida...
—Sí, le llamó a mi marido.

El hombre en sillas de ruedas llegó manejando con mucha destreza por sobre un montón de tablas viejas y rotas, llevaba el motor en su regazo y con una mano encima lo acariciaba como si fuese un gato.

—Tengo el motor de partida pero ahora vale cinco lucas —dijo limpiándose unas babas con su manga sucia—. Vicente tomó el artilugio del porte de una caja de zapatos y que pesaba como dos adoquines de calle empedrada. Le llamó la atención la superficie, que se encontraba recubierta de una loza (según creyó) muy lustrosa y cautivante. Pero todo lo demás correspondía a un motor de partida de micro, de hecho el correspondiente a la antigua máquina que manejaba. Incluso estaba bien engrasado y los cables revestidos con un plástico muy nuevo.
—Lo llevo.

El viejo sonrió con su boca luminosa por las babas. Tomando el billete, se devolvió por donde vino. La dama del delantal se quedó como estupefacta mirando como se iban los visitantes cerro arriba. Pero como Vicente estaba más interesado en los gustos atractivos de Gabriela no se percató de cómo la casa se llenaba de una extraña luminosidad, a pesar de no tener electricidad ni humo que delatara una fogata encendida. Casi muerto llegó arriba, agarrotado por la difícil subida y las ansias más ocultas. Deseaba literalmente tomar a aquella mujer que tanto apasionamiento le producía.

El calce fue preciso. Los tres pernos hacían perfecto a los agujeros del chasis y pronto estuvo listo el lustroso motor de partida en su cacharrita. Salió de debajo de la maquina y de un solo envión se subió y dio partida al motor. Estaba una joyita pensó y trató de volver donde la muchacha para invitarla a probar la vuelta. Pero antes de articular palabra, se detuvo ante los ojos petrificados de la morena, quien como adivinando las intenciones lo liquidó con una mirada durísima. El viejo fue más condescendiente y le despidió por entre el portón de su terreno.


Se dirigió entonces a comerse algunos sanguches ‘onde Batuco, cerca de la garita. Allí se encontró con Marcelo, el chelo que besaba el cuello de una cerveza.
—Tai curao chelo hueón. —el chelo era su gran amigo de la infancia y la adolescencia. Juntos habían vivido poblando el país de los anhelos y la esperanza hacía muchos años. Pero ahora eran sólo la sombra de aquellos jóvenes ágiles y despiertos.

El chelo bebía demasiado y engañaba a su mujer con una secretaria de la garita de micros, que en realidad era la despachadora. Aquella semana su mujer se había ido de la casa abandonándolo a él y a sus dos hijas adolescentes.

—Vente a tomar un copete conmigo, Vicente por la chucha. Si me veí pal pico es porque se fue la Denisse. Hoy día fui a hablar con ella, incluso, me arrodillé delante del hueón con que se fue, pa que la dejara tranquila. Y sabí qué, son los espíritus malignos la que se la llevaron, Vicente. La mamá de este culiao es bruja, dicen. Y me hizo el mal la vieja. Eso dicen en la comunidad cristiana.

—¿Estay yendo a los canutos, Chelo hueón? —El Chelo esbozó una sonrisa. Creía que las iglesias cristianas evangélicas eran guaridas de chismes e invenciones.

—No te riái Vicente... Hay mucha verdad que está velada para quines no pueden abrir los ojos al señor. Muchas personas muestran una cara para el resto y esconden sus intenciones verdaderas. ¿No era verdad que a tu mismo taita le hicieron mal ojo?

Vicente se quedó callado. Su padre llegó a tener un buen número de máquinas en la línea. Era el segundo que más tenía, pero en la compra de una flota de diez chasis, lo estafaron dos empresarios colegas. Perdió todo al cabo de diez años y se volvió alcohólico al igual que su amigo. En cambio los colegas que lo estafaron son ahora grandes dueños de máquinas y dirigentes del gremio regional. No obstante, no culpaba a un trabajo de brujería el destino de su padre si no a su confianza en quienes lo engañaron.

Sin querer seguir peleando tomó a su compadre de un ala y se lo llevó del bar onde Batuco. Se subieron con mucha dificultad a la máquina. El olor a trago del Chelo era insoportable así que decidió ir a dejarlo a su casa. De bajada comenzaron los problemas.

En todo ese rato se había olvidado del motor de partida y de que la máquina se encontraba en rodaje. Al querer pisar los frenos la máquina inyectó más velocidad. Vicente casi se murió del susto pero pudo controlar sus nervios. Voy a morir, pensó. No podía saber que el motor de partida cobraba un fulgor cada vez más luminoso y que parecía una pieza de acera en una fragua apunto de bullir. Abrió bien los ojos e intentó detener la máquina, por medio del embrague.

No funcionó y la pared dura de un murallón blanco se hacía cada vez más grande. El chelo y el Vicente se abrazaron en su terror. El primero pensó en su señora y sus hijas y el segundo en cómo quedarían los chasis de la maquina y el suyo...

Continuará algún día...


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Efemérides

5 de noviembre de 2009

Norberto se encontraba revisando sus cuentas tras interminables horas de trabajo aquella jornada. Su cerebro embotado lo obligaba a hacer ingentes esfuerzos por concentrarse en comprender el porqué de tamaña diferencia entre los resultados de una suma y de otra. De pronto, algo hizo clic en su cabeza, un escalofrío recorrió su espina dorsal y un calorcillo empezó a brotar de sus mejillas sonrosadas. En su mente desfilaban recuerdos brumosos de luengas jornadas laborales a merced del hambre y del sueño, presa de calambres corporales, noches insomnes, días calurosos y una extraña sensación de pánico. Puso fin al carrusel con una exclamación: ¡Me han estado cagando, por la mierda!

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Devuélveme los acetekakas!

Luzio empuñó el revólver con una mano apuntando directamente al pecho del diseñador Juan Soto.
—¡Pero yo no sé de qué estás hablando! —Gritó Juan desesperado.
—No te hagas el hueón que no te sale bien, rata asquerosa... —Con la otra mano, Luzio, sin despegar la mirada del diseñador, desde un bolso sacó un montón de hojas desordenadas que lanzó a sus pies—. ¿Ahora te acuerdas? ¡Ahí están! ¡Estos son los que quedan ladrón! Mucho dolor tuvo que sufrirse para reunirlos y ahora los quiero todos.
En el suelo se amontonaban los actekakas, revistas hechas a mano por Luzio y sus amigos en tiempos de la universidad. Las había de todos los tamaños, texturas, materiales y colores. Como un crisol de papeles, se desperdigaban más de cincuenta. Los amigos juraron que sólo harían un ejemplar único de acetekaka por número, elevando el valor del número, por su unicidad.
Con el tiempo, Luzio pudo conservar la mayor cantidad de Actekakas. Obsesivo, los pedía prestado a sus amigos y cuando estos se los pedían de vuelta perdía contacto con ellos.
Cuando tuvo reunidos cuarenta números, averiguó que Waldo, el dibujante del grupo, tenía los primeros diez, y fue a su casa a pedirlos. Sin embargo, Waldo estaba molesto con Luzio y no quiso entregárselos. Tuvo que envenenarlo con unos pasteles que le envió a su familia. Desafortunadamente envenenó a su esposa e hija también, pero eso era un daño colateral. El día del funeral se presentó en la casa y logró rescatar los primeros diez acetekakas. La colección estaba completa, pensó.
Pero en un sueño, Waldo se le apareció:
—Estúpido, ¿crees que los tienes todos? Pero en realidad te falta el primero.
—Tú eres el imbécil —replicó Luzio—; aquí conmigo tengo el primero, el número Uno.
—Si que erese Ahueonao, el primero es el número Cero, jajaja —Luzio despertó bañado en sudor y con el corazón desbocado, como anhelando huir de ese cuerpo obeso.
A las tres de la mañana llamó a su ex amigo Izcariote y le exigió que le dijese si existía tal número 0.
Izcariote le dijo que un diseñador hace 20 años pidió prestado el número 0, pero nunca lo devolvió y que efectivamente ese era el primer acetekaka.
Juan Soto el diseñador ahora veía los acetekakas en el suelo, desparramados, y a Luzio apuntándolo con un revólver. Pensó rápido. Difícilmente recordaba aquellas revistas que le parecieron tan originales en una época en que todo era copia de lo yanqui y donde nadie se atrevía dejar registro de sus locuras.
—Así que no sabes dónde está, maldito irresponsable! Tendrás que hacerlo tú mismo el número 0 para mí y con esmero. Vamos, que quiero reírme como en los viejos tiempos.
Juan soto comenzó a diseñar la revista. Tomó una hoja de carta y la dobló por la mitad. Torpemente comenzó a rayar el título. Utilizó todas las técnicas gráficas que aprendió en su oficio de diseñador. El frottage para el título. Un collage para el índice. Recortes de diarios para las diferentes secciones, e incluyó una fotonovela como en los viejos tiempos. Aunque el sudor de las manos parecía que le estropearía el trabajo y que casi no podía pensar con el cañón de la pistola como una amenaza de Damocles sobre su nuca, terminó la revista y se la pasó a Luzio.
Luzio tomó las hojas y rió. Rió mucho, tanto que caminó de espaldas y tropezó con la alfombra. Juan aprovechó su distracción y lo empujó con todas su fuerzas. El obeso cayó pesadamente sobre una estufa de parafinas, prendiendo fuego sus ropas. Pronto el lugar fue un incendio y Juan Soto logró salir del departamento.
El fuego coronaba la noche helada de Valparaíso y Juan Soto observaba la destrucción de su hogar y de su potencial asesino.
Se alegró de estar vivo y de que esos malditos acetakakas estuvieran chamuscándose por fin, convirtiéndose nuevamente en éter, del cual nunca debieron haber salido.

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Algún día

Algún dia todos los aspectos de la realidad de un hombre se encontrarán gobernados por la razón de los ceros y unos. Un computador calculará nuestros movimientos cardiacos. Un programa acelerará o disminuirá el azúcar en nuestra sangre. El tráfico diario será expedito o parsimoniado por medio de centrales computacionales, que gobernarán también cada aspecto de nuestra existencia, la rutina se conservará en un archivo informático y a él tendrá acceso el gobierno, controlando cualquier ápice de irracionalidad que pueda ocurrírsenos. Los sentidos serán superfluos pues los controles de nuestros movimientos no estarán gobernados por el azar o la necesidad actual, todos y cadas unos de nuestros movimientos serán orquestados desde el corazón informático de la urbe y en una especie de danza cadavérica iremos hacia nuestros oficios y labores, con el ceniciento color de la muerte en nuestros ojos apagados.

Pero hay una cosa segura en ese infierno futurista, algún creador loco confeccionará el virus informático necesario para desvirtuar aquel gran maya de la razón, desordenar aquel edificio majestuoso de algoritmos remilgados, y allí, en el seno poético de su maravillosa destrucción surgirá feroz el desosiego.

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Lucha de clases

Fui a comprar una bebida al quiosco de la esquina. Este es un barrio privilegiado de Santiago, pero rodeado de edificios altos con miles de oficinas.
Pido mi producto y una señora, bien pituca, se me suma a mi costado. Pareciera estar contando unas monedas. Me dan el vuelto. Otra señora se aparece por mi otro costado y pide algo al quiosquero. Repentinamente molesta la primera señora recrimina a la segunda:
—A ver, espérate un momento, yo estaba primero esperando—Dice muy intempestivamente, con violencia casi, como quien reta a un lacayo o pone en su lugar a un subalterno en una cadena de mando: ese era el tono de su voz. Evidentemente la señora estaba más del lado de una dueña de empresa que de una trabajadora.
La segunda señora, sumisa, guardó silencio, casi poniéndose en un lugar reservado por la ancestralidad a su clase: estaba más del lado de una trabajadora que de una dueña de empresa.
Yo, que estoy en la terapia de no guardarme opinión alguna, objeté un poco el comportamiento de la señora pituca:
—Tiene energía la señora—dije.
—Pero está bien dijo—La señora sumisa, cobrando un tono su rostro como si su madre la hubiese retado.
—Ojalá todos los trabajadores pudiésemos reclamar nuestros derechos de la misma forma—exhoneré con alta voz. Una tercera señora que se había aglomerado al grupo me apoyó:
—¡Eso es cierto!

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La mente del hombre casado

Ella se abalanzó sobre él, para besarlo. Quería convencerse de que aún le pertenecía. Él corrió la cara y echó su cuerpo hacia atrás, evitándola. Ya no podía sentir nada por aquella persona que, seguramente sin darse cuenta, había hecho su vida miserable por tantos años.

Buscó algo de comer, pero solo encontró ollas sucias y restos de lo que parecía algo que acababan de comer. "¿Qué es esto?", preguntó, mientras le sonaban las tripas. Ella replicó: "Ah, eso eran unos dulces que compré en la panadería. Te íbamos a dejar uno, pero no tenía qué darle al niño de cenar, así que se comió el último. Eran tres: uno para cada uno".

Hurgó en una bolsa y encontró una hogaza de pan duro. Abrió el refrigerador y solo encontró una pizca de mantequilla para untarle. Se preparó un café.

Depués de beberlo y de comer de mala gana la mitad del trozo de pan, se dirigió al dormitorio, pero solo introdujo medio cuerpo. La luz estaba apagada. Ella veía televisión. El hijo dormía profundamente, con la cara sucia y la ropa del colegio aún puesta.

Cuando se agachó para besarlo en la frente, metió su mano entre las cobijas para saber si no era tarde para llevarlo al baño. Por suerte, aún era tiempo.

Con el niño como sonámbulo, lo llevó al baño, le ayudó a orinar, le limpió la cara con un trozo húmedo de papel higiénico. Estaba tan dormido que no pudo lavarle los dientes, aunque por la boca expelía un olor ácido. Lo llevó al dormitorio, le sacó la ropa, le puso el pijama y se recostó un rato junto a él, resignado.

Ella reía con el programa que pasaban por la tele. A ratos le hablaba, pero él solo escuchaba un rumor. Su mente divagaba por hermosos parajes en un día soleado. Miraba a su hijo correr entre las margaritas y a una bella mujer a su lado estirándole la mano para ofrecerle un exquisito panecillo que había preparado ella misma.

De pronto, un intenso dolor en el estómago lo devolvió a la realidad. También le dolía el cuello. Buscó una almohada, pero las tres estaban tras la espalda de su mujer, que seguía riendo frente al televisor.

Cerró los ojos por un momento, para tratar de imaginar otro bello paraje, pero el dolor de estómago se lo impidió. Al abrirlos, miró a un lado y vio a su mujer semirecostada, que dormía profundamente, aún con el control de la tele en las manos, los lentes puestos y la boca entreabierta.

Se levantó para arroparla. Seguía vestida. Incluso llevaba puestas las zapatillas. La movió para despertarla. "Sácate los zapatos", le dijo y le estiró el pijama para que se lo pusiera. El dolor de estómago lo distrajo nuevamente.

Se dirigió al baño, se lavó los dientes. Tomó un vaso con agua. Se miró el rostro cansado frente al espejo. Sus ojos reflejaban el cansancio del mundo entero.

Con más sueño que hambre, se decidió a dormir. Púsose el pijama, corrió al hijo hacia el medio de la cama, le arrebató una almohada a la mujer, cogió el control de la tele y buscó algo que ver.

Por la pantalla desfilaban mundos inverosímiles; escuchó noticias escalofriantes; vio imágenes idiotizantes, la mitad de una película que parecía buena y a un puñado de noctámbulos filosofando sobre el sexo, la oficina, el clima... hasta que por fin, sucumbió al sueño y se durmió.

La mañana siguiente, como un autómata, se levantó, se dirigió al baño, se dio una ducha larga, como acostumbraba. Aprovechó el momento para masturbarse, pensando en la mujer que invadía su imaginación. Todavía le dolía el estómago. Después del baño, hurgó en el clóset para encontrar su ropa, entre la maraña de ropa sucia y limpia, sábanas sin doblar, envoltorios de caramelos y un envase de desodorante vacío.

Tras entrar en la cocina y recordar que no había nada para comer, se preparó otro café, lo apuró y se devolvió al baño, se lavó los dientes, arropó al hijo, que seguía durmiendo y preguntó a su mujer: "¿Dónde están las llaves?" Ella respondió: "No sé donde dejas tú esas cosas, déjame tranquila", para luego darse media vuelta y seguir durmiendo.

Cuando llegó a la puerta, echó una mirada hacia atrás. Sus ojos vieron el cuadro que obstinadamente se repetía cada mañana, cada vez que hacía lo mismo, antes de marcharse al trabajo: los trastes sucios del día anterior repartidos por la mesa; ropa sucia estorbando la salida del dormitorio; polvo acumulándose sobre los muebles; los cuadernos de colegio del hijo en el suelo, debajo de la mesa de centro; sobre esta, una maraña ininteligible de artículos de diversa índole además de las llaves que buscaba.

Un hedor a encierro gobernaba toda la casa.

Abrió la puerta, que daba a la calle, y un resplandor lo encegueció por un segundo. Había un sol maravilloso allá afuera, esperándolo. Mientras caminaba hacia la avenida principal, donde tomaría el bus que lo llevaría al trabajo, sus vecinos lo miraron de reojo, como si estuvieran ante un proscrito.

Al dar vuelta por la esquina, vio a una mujer hermosa, como con la que soñó la noche anterior. Se desesperó. Cruzó a la otra acera para conocerla, quizás -o al menos- para saber su nombre. No vio el bus que todas las mañanas aparecía puntual desde la calzada de enfrente.

Todo terminó en un segundo. Su cuerpo voló por los aires como un pañuelo y se fue a estrellar contra un poste del alumbrado.

Boca abajo, sin aliento, sintiendo la sangre fluir por todo su cuerpo, recordó por fin lo miserable que le había hecho la vida su hermano, cuando era un infante; recordó a su madre, que hizo su vida miserable en la adolescencia; recordó la imagen sin rostro de su padre; recordó a las víctimas de sus propios abusos. Y sintió que merecía todo aquello, que merecía morir así, por sorpresa, antes de descubrir que la vida podría darle una tregua.

La hermosa mujer nunca se dio cuenta de lo ocurrido. Su vida continuó felizmente sin haber presenciado aquel macabro descenlace. Su mujer, en cambio, tras su muerte, se volcó a una vida de desenfreno y a los pocos años, murió también.

Su hijo, el día posterior a su muerte, hurgando entre las cosas que había en la casa, encontró una libretita, en la que su padre le escribía mensajes para cuando algún día no estuviera presente. Allí le relataba el calvario que había sido su vida, su desesperanza; y lo aconsejaba a ser un hombre de bien, para no apresurarse ni desesperarse ante la adversidad.

Ese hijo conoció a una hermosa mujer, con la cual se casó y formó una familia. Ahora vive una vida tranquila y plena, como su padre hubiera querido.

Su mente no divaga por ningún paraje de ensueño, porque cada domingo salen al campo con sus hijos a una tarde de picnic, y su mujer le prepara exquisitos manjares.

A veces, en las noches, mientras pasa por ese estado de entresueño que antecede al sueño profundo, cree sentir la presencia de su padre a su lado, dándole un beso en la frente y deseándole buenas noches. En esos momentos, su mente se distrae levemente, recordando algunas tardes en que ambos salían a jugar a la pelota o a pasear al perro.

Cómo quisiera poder compartir con él la alegría de vivir, que ahora disfrutaba gracias a sus consejos.

"Saludos padre, dondequiera que estés y buenas noches", es lo que siempre repite antes de quedarse dormido no sin antes abrazar a su mujer, satisfecho.

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El Despechito

Entregado al éxtasis soñado de las drogas fuertes pienso en tu cara de puta santa. Podrías haber tenido compasión por mi pobre corazoncito que se muere de ganas por amarte y ser tuyo forever, o hasta que llegue la muerte. Sin embargo, no soy suficiente para tí, puesto que soy moreno, de ojos cafés y pelo rizado y eso no viene con tus genes facistas italianos. Es una lástima. Pero tu sufrimiento no se irá, pues lo que mas debe dolerte es ser tu misma, una persona despreciable, pero igual te quiero.

Escrito el año 2002 antes del anticristo.

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I - Internacional Miserable

Es bien sabido que en los albores del siglo XXI surgió una suerte de movimiento político-artístico-literario dedicado a reivindicar el sentimiento, posmodernista y posdadaísta, de la miserabilidad de la condición humana. Dicho movimiento cobró su máxima representación en los trabajos de pensadores, musicólogos y artistas gráficos como Erector Cabrera o Rodrigo Bascunant y Aldacius Ribeiros. El fulgor de aquellas lumbreras tuvo tal revuelo que muchos otros hombres destacados de la filosofía, las artes y las letras se sumaron y contribuyeron a desarrollar el aparato reproductor de miserias que estos pioneros lanzaron al mercado.

En todas partes del mundo surgieron, como callampas, avogadores del sentimiento miserable. Las economías sufrieron las debacles de la desidia y la modorra, frutos primigenios de la labor de semejantes genios.

Llegó un momento en que el mundo se paralizó. Se formó una nebulosa que no permitía distinguir realidad de ficción, verdad de virtualidad, razón de sinrazón, torpeza de genialidad, atributo de defecto. Lo bueno era a la vez malo, y lo malo aún más malo.

La humanidad involucionó. Se formaron tribus urbanas, que poco a poco, emigraron de las ciudades, se establecieron en pequeñas comunidades gregarias. Desapareció todo vestigio de invención o creatividad humana. Las bestias heredaron la tierra y la mujer se convirtió en líder de la raza humana. Fue el fin de milenios de dominación masculina. Fue la muerte de la civilización entendida por los hombres. El mundo olvidó todo lo que antes hubiera sucedido. Los hombres terminaron por extinguirse, ya que en el nuevo orden, las mujeres hallaron la manera de mutar y autoprocrear.

Quien les relata esta historia se llama Balbuena Ojeda, hija de Ojeda Pereira, hija de Villalón Palma, hija de Robles Ribadeneira, hija de... bueno, no viene al caso relatar la genealogía de la autora.

Si quiere seguir leyendo la historia de los orígenes de la civilización neo-occidental en La Enciclopedia Cornucopiada, edición año 6096, mande sus comentarios, no sea miserable.

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Si no fuera por...

Buscaba un pretexto para salir de aquél lugar. La labia del maestro de religión lo abrumaba con intensidad insoportable. La verborrea vomitada por los labios de aquél Can Cerberus que impedía su escape del Averno: el salón de clases de una universidad pontificia. Nada podía impedir que escuchara la incesante monotonía de los dogmas precipitados en escupitajos certeros a las subconciencias de sus condiscípulos. Más su voluntad librepensadora pudo más; y su corazón palpitó con fuerza. Los latidos hacían inundarse de vigor sus músculos atrofiados. Su piel se erizaba encolerizada. Sus labios se abrieron para proferir un grito desgarrador. Sus pies lo empujaron con bríos hacia la puerta. Sus manos se abalanzaron a la manija. La fuerza de su brazo hizo explotar el cerrojo. Su cuerpo se precipitó hacia el exterior, mientras el maestro se quedaba estupefacto; y sus condiscípulos lo miraban con admiración y, a la vez, con miedo. Mientras las miradas seguían el desarrollo de sus acciones temerarias, la puerta se cerró de golpe, dejándolos a ellos en su claustro involuntario y a nuestro héroe dispuesto a no volver jamás. Al tiempo que bajaba raudo las escaleras para escapar definitivamente de la pesadilla pseudo-medieval de dogmática irracionalidad, se juró a sí mismo no inscribir nuevamente un ramo general animado sólo por lo bien que le sonaba su nombre. Aprendió de la peor manera que "persona humana" no es un concepto filosófico y que, a veces, la religión se disfraza de filosofía sólo para jugarnos una mala pasada a los miserables ateos.

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Banquete

No sé si será cierta esta historia o quizás la habré escuchado antes; quizás la soñé en una de esas tantas siestas, en mi juventud, un domingo caluroso por la tarde, pero sucede que los patrones organizaron una gran cena en el centro de la gran propiedad. Se sirvieron deliciosos manjares y corría el vino como si de una vertiente surgiese. Pocos fueron los invitados, muchos los sirvientes que acarreaban las jarras y fuentes, y aún muchos más los animales que se congregaban en espera que cayese algún mendrugo de esa alta mesa, donde no todos podían encaramarse.

El patrón en medio de la fiesta tomó la palabra y pronunció un hermoso discurso. Su voz melodiosa abarcaba toda la propiedad e hipnotizada a los comensales, sirvientes y animales por igual.

—Estamos —dijo— homenajeando nuestra felicidad y estabilidad. Todos han sido invitados —decía, observando los pocos comensales que reían fascinados—, pero no muchos pueden venir a sentarse en la mesa del regocijo: ¿Quién serviría los Manjares; quién escanciaría el Vino?

A veces, si un sirviente tropezaba, los animales, atentos al descuido, se abalanzaban hambrientos y lo devoraban. Algún animal más astuto aprovechaba el alboroto y robaba las vestimentas del sirviente y, deseoso, se lanzaba a servir. (Como sirvientes trabajaban, cierto; pero también podían sacar grandes tajadas del Manjar y sorbitos robarle al vino).

No en pocas ocasiones, algún comensal, gordo y torpe, tropezaba de su asiento y caía al suelo. Entonces, algún sirviente diestramente le mataba y tomaba sus ropas para encaramarse a la mesa.

De allí parecía observar con pena la fortuna de sus antiguos colegas y les lanzaba huesos roídos del Manjar y chorros avinagrados del Vino, como para refrescar y saciar su propia sed y hambre de solidaridad.

También observaba a los animales que caían sobre cualquier mendrugo, azotándose entre ellos, matándose y devorándose. Los comensales parecían disfrutar de esto, pues sabían que sus asientos eran firmes. ¡Ay que no lo fueran, la caída sería espantosa y sus puestos trocados enseguida!

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La retórica de Antillán Lopez

Asi era la retórica de Antillán Lopez: meta retando culiaos en la sala de clase. Algunos se reían de su cara de pejesapo, otros por su eterno divagar en ideas iluminadas en la sala de clase. Alguno porque siempre tenia olor de ála ya que rara vez se bañaba. Con cuea a veces dormía unas cuantas horas, debido a la cantidad de cosas que tenía que dejar listas en los plazos académicos. Se descargaba con furia despues en la sala de clase. Y qué se creen estos cerdos culiaos! Pensaba para su adentros. Y lo que salía posteriormente de su boca eran un par de retos a sus alumnos.

No era fácil ser profesor en esos tiempos. Las comunidades estaban regidas por los poderes adquisitivos que llamaban a un consumo al chancho, y junto con los avances tecnológicos, esto se traducía en clases virtuales para locos de cualquier lugar del mundo, o de los tantos otros colonizados. Esto permitía incluso que los alumnos de estos cursos virtuales ni siquiera existiesen. Muchos eran viruses computacionales, creados para dominar a la raza humana via peer pressure. tirando tallas y agarrando pal chuleteo a los locos, con tal que sus conductas se vieran afectadas en pro del consumo cada vez mas escaso.
“Como vai a ser tan hueon de no tomarte una coca cola” les decían a sus compañeros. Agarrandoles la orejita virtual de sus nombres de usuario. “Cacha, el profe no toma coca cola, mas ahuevonado” y se reían con Chispa Latinoamericana 3.2, la ultima versión en Descripción Humana Interactiva (asi se les llamaba aquellas Conductas Humanas Virtuales capaces de interactuar comunicativamente con sus compañeros) . Las corporaciones sabían que los profesores eran distractores eficientes de los cerebros juveniles, siempre que el software que administracen estuviese cargado (muchos de ellos tambiéneran CHVs) Algunos de los softwares servian de soporte para plataformas educacionales; estaba por ejemplo el programa docente "Aprenda haciendo 5.6" el cual mandaba a los pupilos a hacer cualquier wea, con tal que dejara tranquilo y pagando adecuadamente y les ofrecía la oportunidad de no sentirse ociosos, despues de todo ellos están forjando un futuro de complacencias profesionales. Estaba tambien el software “Lea y diserte 3.6” en el cual los alumnos leian caleta de libros y artículos asignados por el tutor y desues meta presentando. Posteriormente, el profe cuenta un par de anecdotas y los raja por su horrible pronunciación, sus faltas de ortografía y gramática y otras cosas subjetivas, con tal que el loco agache el moño y se sienta agradecido por el cuatro que se sacó.
Sin duda, el programa de Antillan López distaba mucho de estos remedos poco prácticos, como les denominaba. El verdadero aprendisaje es libre, decía, levantando la pera para sentirse como un nuevo sócrates, burlandose de los sofistas y sus aconteceres ridículos. Su solución educacional se denominaba ”Metaretórica 1.0” la cual encerraba dentro de un programa las prácticas más extravagantes que se hayan ejecutado en la sala de clase. Se trataba de hablarles unas weas a los alumnos pa dejarlos locos. Después chantarles unas preguntas a los alumnos y después meta retos a todos los culiados por no saber las respuestas. Entonces la presentación del profe llega al climax en el cual comienza el sermón valórico para explicarles a los locos que los retos en realidad le hacen bien, los hace más duros y más preparados para un mundo cruel y predatorio. Entonces los alumnos, tocados en el fondo de sus sentimientos luego de tal sermón, asienten al profe y los respetan más que nunca antes. El profe los reta un rato más y luego les dice que mañana hay prueba y que se estudien algunas weas. Esa era la retórica de Antillan Lopez. Reto tras reto, rato tras rato, día tras día.

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Yo No Estaba Ahí


Cómo hice esta ilustración?

Súper menú (Haz click donde te apetezca y disfruta las desventuras de este miser magister):

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The center of the universe

Ahí estaba, con sus constelaciones prematuras. La más formidable creación del omnipotente no era más que un punto decadente de luz celestial encaminada a la extinción.

Los astronautas llegaron tras una travesía sin retorno. Contemplaron la inmensidad de la nada. En muchas jornadas estuvieron a punto de abortar la misión, dominados por la desesperación, tratando de hacer zozobrar la nave o enviando las últimas señales de su misión.

En la tierra, ya se habían sucedido centurias y milenios, con sus catástrofes naturales, con sus guerras. Y pronto la humanidad cayó en la cuenta de que se extinguiría irremediablemente. Ya nadie recordaba a los enviados a explorar los confines más remotos.

Cuando ya el fin de toda esperanza se encontraba cerca, llegó una serie de mensajes a los receptores radiales del Centro de Investigación para la Conservación de la Raza, empeñado en encontrar un planeta o un satélite en cualquier rincón de la galaxia que permitiera albergar a los mejores especímenes en un plazo ridículamente corto.

Los mensajes se sucedían uno tras otro. Eran incontables. Todos decían lo mismo:

«Nautilus Sideralis a Tierra, hemos decidido poner fin a nuestra misión.

«Llevamos incontables años navegando por el espacio sin esperanza de completar nuestro objetivo. Ni siquiera sabemos si ustedes recibirán este mensaje.

«Aunque los soportes de vida de la nave nos podrían mantener vivos por tiempo indefinido, no tenemos motivación para seguir viviendo. Como ustedes han de saber, nuestra capacidad creativa y de procreación nos fue cancelada artificialmente antes del viaje.

«El sexo, nuestra única distracción, se nos ha vuelto monótono e incluso incómodo.

«El centro del universo nos ha parecido cercano casi desde que iniciamos nuestro viaje. Sin embargo, todas las aparentes señales de éxito nos son refutadas por alguna evidencia al contrario.

«Quizás, todavía albergamos la esperanza de una conclusión, la posibilidad del retorno. ¿A qué? nos preguntamos indefectiblemente. Ya nadie ni nada de lo que conocimos existe.

«Este será nuestro último mensaje.

«Capitán Amundsen reportando. Cambio y fuera.»

Curiosamente, el mensaje había sido reenviado automáticamente, una y otra vez, por la computadora de la nave, como si ella misma hubiera adquirido conciencia de sí misma y estuviera repitiendo las palabras que, de alguna manera, la hacían sentirse interpretada. Después de todo, ella también había sido creada para inmolarse en un viaje sin retorno.

Pero las coincidencias no son pocas y en el preciso instante en que el último de los mensajes era recibido en tierra, los astronautas contemplaban anonadados el objeto de sus penurias: aquél punto de luz infinitamente distante de todo, donde se supone debian encontrarlo a Él y a su hijo sentado a la diestra.

El centro del universo más bien se asemejaba a un planeta. Al acercarse la nave, los astronautas notaron un parecido increíble con el suyo. Incluso creyeron haber hecho el viaje en redondo, como muchos científicos se aventuraron a vaticinar.

Irremediablemente, según ellos, los exploradores harían un giro en redondo, retornando inevitablemente por el lado opuesto del sitio de despegue, es decir, al otro lado del mundo.

Más bien, podrían haber retornado al mismo punto en el espacio absoluto, mas no había certeza de que la tierra, e incluso la galaxia, se encontrara ahí todavía al momento de su eventual regreso.

Al notar su espectacular hallazgo, volvió la esperanza a sus corazones. Se llenaron de júbilo y un caudal de emoción los hizo sumergirse en un mar de desenfreno y placer que duraría meses.

Cuando hubieron agotado sus fuerzas, se sumieron en un reparador sueño. Esos días transcurrieron sin contratiempos. Mientras ellos recuperaban fuerzas, la esfera celeste los custodiaba maternalmente.

Al fin, volvieron al centro de control de la nave para evaluar una posible incursión exploratoria en el astro. Los tripulantes Scott, Evans y Willson decidieron partir. Hanssen, Hassel y Wisting se quedaron a bordo para prestar apoyo.

No hubo un instante de calma tras la salida del módulo de exploración. La comunicación entre éste y la nave principal era extraordinariamente fuerte y clara.

Los tripulantes tardaron medio día en descender hasta una distancia aproximada de la superficie del astro suficiente como para realizar los primeros análisis fotoquímicos certeros y determinar si poseía atmósfera, cuantificar su fuerza de gravedad y presencia de vida orgánica.

Los estudios preliminares al objeto estelar habían arrojado como resultado que se trataba de un cuerpo carente de movimiento traslatorio aparente. Este detalle confirmó lo que tanto deseaban saber: que se encontraban en el centro exacto del universo.

La sorpresa de los tripulantes del módulo exploratorio fue mayúscula al descubrir que las condiciones geofísicas y atmosféricas del pseudo-planeta eran ideales para albergar vida orgánica y, más aún, que se encontraban innumerables rastros de esta última en todos los rincones de la superficie.

Ante la noticia, el capitán Amundsen decidió que el módulo exploratorio debía devolverse a la nave para apercibirse de elementos de defensa previstos para el caso. Nadie sabía qué tipo de vida se encontraría habitando ese lugar.

El regreso fue aprovechado para compartir nuevas inquietudes y toda clase de elucubraciones acerca de la existencia de dicho cuerpo celeste en aquella latitud celestial.

Lo que más sorprendía a los astronautas, entre ellos un prestigiado astrofísico, era la increíble ausencia de una estrella que otorgara energía a este planeta. Daba la impresión de que se auto-sustentaba de la energía necesaria para existir.

Algunos aventuraban a decir que se trataba del origen mismo de toda la energía universal y, por lo tanto, su presencia en ese lugar y su supuesta auto-sustentabilidad eran naturales.

La teniente Hassel, una bellísima escandinava experta en teoría del caos, era la más entusiasmada con el descubrimiento. Su vida había transcurrido desde las ansias al comienzo del viaje, pasando por la desesperación que con los años acabó en una sosegada desolación, sobre todo en el último tiempo.

Varias veces puso en peligro de muerte a sus compañeros con sus frecuentes descuidos al realizar el mantenimiento de los soportes de vida junto a la médico de a bordo, la coronel Wisting.

Wisting era una mujer madura y recia, hija y nieta de neurocirujanos y especialista en neuropsiquiatría. Sus estudios sobre los cambios de conducta en misiones espaciales de largo aliento le dieron su boleto para este viaje sin retorno. En incontables ocasiones tuvo fuertes discusiones con el capitán Amundsen respecto al futuro de la misión.

Para ella, la depresión imperante entre los tripulantes no era más que un efecto de la travesía y siempre arengaba a sus colegas a tener esperanzas y a pasar las penas fornicando.

En el último tiempo, en todo caso, debió recurrir más de lo necesario a los químicos estimulantes para mantenerse a salvo de la depresión. Muchas veces fue sorprendida in fraganti inyectándose sobredosis de cocaína.

Tras cargar las armas y aprovisionarse, partió nuevamente el módulo de exploración. Esta vez comandaba el propio capitán Amundsen, acompañado de la teniente Hassel y el coronel Scott.

Tocaron la superficie tras un sobrevuelo orbital de reconocimiento. Decidieron hacer el descenso en un gran valle rodeado de montañas y atravesado por un serpenteante río.

Para el capitán, la ubicación ideal estaba cerca del centro del valle, al costado de un monte pedregoso muy cercano al río y que serviría de fuerte en caso de haber problemas.

Una densa neblina cubría el valle en el momento de "aterrizar". Una luz opaca circundaba la nave, como si algún foco lejano estuviera apuntándola, aunque no había fuente luminosa alguna reconocible.

Días más tarde, el coronel Scott descubriría el origen de toda la energía y la luminosidad del planetoide. En un momento de relajo, después de la merienda, mientras oteaba el cielo buscando el Nautilus Sideralis, tuvo la ocurrencia de usar su fotómetro.

Este instrumento podía determinar la distancia entre dos objetos a partir de la luz que recibía de cada uno de ellos.

Primero, el instrumento determinaba el tiempo que tardaba en viajar la luz desde cada objeto hasta el receptor. Luego, por medio de una ecuación, determinaba la distancia entre ambos objetos. También podía determinar la intensidad de la luz emitida o reflejada por cada objeto.

Al intentar usar el aparato, Scott se dio cuenta de la innumerable cantidad de fuentes luminosas que aparecían en el visor. Cada una de ellas brillaba con la misma intensidad. La suma de toda esa luz era equivalente a la luz recibida por la tierra desde el sol en latitudes templadas.

En efecto, el termómetro no había descendido en todo el tiempo que llevaban allí de los 22°C ni había ascendido por sobre los 27°C. Tampoco se registraba un aumento y descenso cíclico de la temperatura.

Al entregar los datos para análisis a la astrónoma de la misión, Evans, ésta reveló que las fuentes luminosas eran los vecindarios de galaxias, entre ellos, el de la vía láctea. Aquellos astros se encontraban esparcidos por la esfera celeste como una red que envolvía al planetoide.

Sin duda, aseveró Evans, los vecindarios constituían la onda expansiva del gran estallido e incluso pudo determinar la velocidad a la que se alejaban del centro del universo, donde estaban parados sus colegas.

Al compartir esta información con el resto de la tripulación, un pensamiento rotundo e inequívoco los conmovió: este mundo estaba condenado a extinguirse en las tinieblas.



Continuará...

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El cabezón Javier

Mi viejo, micrero de pasión más que de profesión, me narró la historia del cabezón Javier.

El cabezón Javier montado en su mechita del 62, remontaba las curvas sinuosas de una falda de cerro. Subiéndose por las piernas de esa montañita placentera, iba adentrándose como equeco mecánico. Subiendo a su lapa cuanto chancho tirado se pudiera encaramar, iba abultando las peceras ubérrimas de su patrón.

Esta pega es una mierda, pero hay un beneficio decían sus colegas en los momentos de ocios cuando esperaban el despacho en la garita.
¿Y cuál es ese?, preguntaba inocentonto el loco Javier.
Pero claro, las mujeres. Ponle tú la que se sube en Los Laureles…
¿La colegiala?
Esa, por ejemplo, esa se la han servido todos los choferes. Si se persigna con la tula…

A pesar de que el loco Javier no creía las palabras de sus colegas, se quedó mirando el cuello alto de aquella joven, y su ceñida falda oscura en torno de dos columnas de humedad sensual. Sus manos almidonadas por el sudor del manubrio encordado tras tantas horas de trabajo (no más de cinco seguidas), lograron juguetear con los dedos fugaces de la colegiala. Ver su sonrisa febril, y quedar atrapado entre sus tenazas de placer, fue más rápido que cortar un boleto.

Al otro día, extasiado en su inocencia, el cabezón volcó todos los detalles de su lid sexual con la colegiala a sus colegas. Ellos, poquito buenos pal hueveo, fustigaron su dignidad con largas y gruesas tallas. No obstante, bajo las diatribas miserables de sus colegas, el cabezón Javier logra vislumbrar la silueta de su pequeña ninfa. Su salvavidas del océano de la palanca, que lo tenía de material, fue un grito portentoso de:

¡Mijita, póngale Javierito!

Todos callaron para percibir la reacción de la adolescente:

¡Y vos, conchetumadre,
ponle penicilina!

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Mecánica General

Era aquel vistazo a la juventud aquel espasmo intransigente que cerceno y declaro que a lo mucho poco. Y a que se estructurara mensaje a pesar de aquello. Era yo un púber entonces, que le miraba las piernas a las clientas buenonas que acudian a la oficina del negocio de mi padre, en un taller mecánico de la calle carmen, sector 10 de Julio, barrio dedicado a hacer minas ambulantes de los cacharros tercermundistas que erosionan las grandes alamedas abiertas cuales meretrices del barrio hermano de San Camilo. Eran aquellos barrios escuelas los cuales formaron mi visión de la realidad, y las enseñanzas de mi padre, que más que ser lecciones de terminología en los pedazos que componen la maquina, eran lecciones de vida aplicables a todos lo eventos vitales. Lecciones tan importantes como el regateo, el aseguramiento, y el carrileo a costa del cliente. El que si el precio de la caja de bujías en vitrina es 1000 pesos, en realidad son 500, y con el cargo inverso a la boleta pal cliente, quien es en el fondo el que pagará por los descuentos de terceras partes. El que si encontrai el capot bueno en la primera desarmaduría, dejai luca por reservarlo. Probablemente se venda a un mejor postor, pero podí después sacar otro buen descuento más adelante, como por un código de ventas intrínsico, que perduraba con el tiempo, o que lavando las piezas en bencina estas pasan por nuevas, hasta por factura, fíjate. O que metiendole un pimiento al radiador se tapan los agujeros en las cañerías, o el radiador completo, si se carece de la maestría para realizar tal maniobra. O que si aseguraí el auto con radio, le pedih a alguien que te preste la radio bacansísima que tiene. Después que sacai el seguro, devolvi la radio, y reportas que te robaron la radio. El seguro paga.
Esas y otras triquiñuelas son aplicables a diversidad de situaciones que aparecen en la vida, y han sido buen pan duro para roer con lágrimas.

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Chofer de micros

Aquí arriba estoy. Y quizás usted me ve descuidado en mi hablar y con rostro odioso, esperando que baje o suba, que pague o reciba su vuelto, mientras voy entrando por marañas de callejuelas y ciudad. Encaramado en este sillín trenzado, colgando de un manubrio redondo como la cabeza del mundo, haciendo girar poderosas toneladas con pasajeros adormecidos o atónitos. Así usted me ve, como un pequeño dictador intransigente que va convirtiendo la calle en violencia, la velocidad en tragedia, una mirada en demanda furiosa. Puede que sea cierto, pero yo he visto surgir el camino, he visto como las sombras se hicieron largas en la ruta de mi existencia.

Nací en una familia de maquinistas y de pequeño me cautivé con estas bestias metálicas, que arrojaban vapores por sus escapes y rodaban por el universo con sus chasis brasileros. El mundo se hacía pequeño entre sus motores de la General Motors, entre los intestinos de fierro que abrigaban mi crecer. Durante aquellos años mi cuerpo se fue haciendo uno con la máquina. Entre su sangre aceitosa y negra, aprendí la dureza de la existencia. Perdido en los intersticios cadavéricos e inmundos de la carrocería, iba atornillando los repuestos de un sistema que luego me engranaría como una de sus piezas.

En la sub-terra del pozo, fui aprendiendo la giroscopía del universo. Aprendí de la voz de mi padre, fuerte como el aliento de un vendaval, los nombres para designar la realidad, aquella pantalla fría a la que había sido arrojado. Cajas de cambio, bielas, michilanes, ñiples, motores de partida, llaves de rueda, paquetes de resortes, y otros conceptos que fueron ingresando por mi piel como un alimento espeso. Aprendí a apretar tuercas en dirección de las manecillas del reloj, supe como aceitar los pernos para que no rasgaran la piel tersa del hilo donde se engarzaban.

A veces, me bajo de este traje de quince toneladas y camino. Descubro las fisionomías de una realidad que está siempre tan cerca que no la reconozco. Durante unos instantes, pienso en mí como si estuviera en otra parte, quizás haciendo otro oficio, acarreando otras realidades conmigo. Pero un sobresalto me despierta y vuelvo a subir. Enciendo el motor, piso el embrague, pongo primera, y salgo.

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Ya no estaba ahí.él blanco innominable?

Por más que fuese un profesor resentido, nadie podía decir que mi voz resonaba oscura desde el vacío de mi alma. ¡Qué desgracia sufren aquellos incautos que logran describir sus sensaciones desde las puntas ajadas de sus plumones gastados! Por lo pronto, yo sólo podía descargar mis brutalidades en el neocortex cerrado, ciego y mudo de mi injusticia biológica.

Ya me veo yo ahí en el banco frío de la sala, cojiendo entre mis manos un cuaderno ridículo y llenándolo de signos abstrusos, cómo si no me bastara con todos los que tengo que soportar aquí en el aula sofocante. Yo no tengo hocico, me decía para mis adentros, sólo los con hocico, como estos pendejos timoratos, gozan descarriando la baba por el horizonte, como si fuese un regalo para nosotros que sufrimos con sus verborreas.

Allí me quedaba, como silencioso en alma profunda, olvidando todo signo en una voluptuosidad enjuta búdica, casi sidhartica. Recordándo el blanco de lo innominable.

Ya no estaba ahí.

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