Lucha de clases

Fui a comprar una bebida al quiosco de la esquina. Este es un barrio privilegiado de Santiago, pero rodeado de edificios altos con miles de oficinas.
Pido mi producto y una señora, bien pituca, se me suma a mi costado. Pareciera estar contando unas monedas. Me dan el vuelto. Otra señora se aparece por mi otro costado y pide algo al quiosquero. Repentinamente molesta la primera señora recrimina a la segunda:
—A ver, espérate un momento, yo estaba primero esperando—Dice muy intempestivamente, con violencia casi, como quien reta a un lacayo o pone en su lugar a un subalterno en una cadena de mando: ese era el tono de su voz. Evidentemente la señora estaba más del lado de una dueña de empresa que de una trabajadora.
La segunda señora, sumisa, guardó silencio, casi poniéndose en un lugar reservado por la ancestralidad a su clase: estaba más del lado de una trabajadora que de una dueña de empresa.
Yo, que estoy en la terapia de no guardarme opinión alguna, objeté un poco el comportamiento de la señora pituca:
—Tiene energía la señora—dije.
—Pero está bien dijo—La señora sumisa, cobrando un tono su rostro como si su madre la hubiese retado.
—Ojalá todos los trabajadores pudiésemos reclamar nuestros derechos de la misma forma—exhoneré con alta voz. Una tercera señora que se había aglomerado al grupo me apoyó:
—¡Eso es cierto!

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Blogger Fiestoforo_2 dijo...

Un remate aditivo podría haber sido:
—Para que no hubiesen viejas pitucas como usted!
Pero la sra pituca ya se había ido. Además no sabemos si su comportamiento se debe a siglos de explotación...

1:26 p.m.  
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