Yo No Estaba Ahí


Cómo hice esta ilustración?

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Ya no estaba ahí.él blanco innominable?

Por más que fuese un profesor resentido, nadie podía decir que mi voz resonaba oscura desde el vacío de mi alma. ¡Qué desgracia sufren aquellos incautos que logran describir sus sensaciones desde las puntas ajadas de sus plumones gastados! Por lo pronto, yo sólo podía descargar mis brutalidades en el neocortex cerrado, ciego y mudo de mi injusticia biológica.

Ya me veo yo ahí en el banco frío de la sala, cojiendo entre mis manos un cuaderno ridículo y llenándolo de signos abstrusos, cómo si no me bastara con todos los que tengo que soportar aquí en el aula sofocante. Yo no tengo hocico, me decía para mis adentros, sólo los con hocico, como estos pendejos timoratos, gozan descarriando la baba por el horizonte, como si fuese un regalo para nosotros que sufrimos con sus verborreas.

Allí me quedaba, como silencioso en alma profunda, olvidando todo signo en una voluptuosidad enjuta búdica, casi sidhartica. Recordándo el blanco de lo innominable.

Ya no estaba ahí.

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Ya no estaba ahí.El seco Olivo

Abrí la biblia como un eterno curioso de los libros ancianos que se deshacen a modo de miasmas polvosas en el anaquel del cuarto de lavado. Estaba sobre un atado de revistas pornos italianas, de esas peludas, que mi papá en sus devaneos juveniles consiguió robándoselas a un viejo tío mercante. Las había también japonesas, con su cuota de alteridad semántica pululando por las páginas como signos de un espacio desconocido.

Y sobre su atado de coloridas imágenes de cachas, estaba el Libro, como conteniendo la explosión de lujuria que de allí salía. Normalmente, lo habría retirado con cuidado y habría echado embrague suelto a mis ansias onanistas, pero como pa eso esta el computador y sus bits calenturientos, me decidí a atomar en cuenta ese cartapacio de alucinaciones orientales, que yo consideraba la biblia.

Primera página, un pequeño sondeo, un skimmin como dicen los gringos y luego, doy con el link necesario. Dicen que este es el primer Hipertexto, yo no lo creo. "Oh you of little faith", enuncia Cristo que hablaba en inglés (o griego en su época (o gringo)), con los ojos desorbitados ante la tamaña incomprensión de sus discipulos. "Raza de idiotas", diría un carabinero ofuscado por el caminar lento de los transeúntes por la ciudad, "debieron conquistarnos los alemanes".

Odioso Cristo se limpia la saliva que ha derramado por el lugar, el jirón blanquecino, que cae como un helicoide de rabia y tatúa el suelo con su platinado, le rememora la sangre que evacuará por estos hueones en un acto de amor summun, y de entrega total. "Habría deseado ser Mohammet, copular como un camello de dios sobre su traílla de esposas, y triunfar sobre medina como un falo lustroso". Pero no a mí destino de ciudades extensas, bajo la cruz del sol endemoniado, gritando mi fuego con los labios cerrados, sucumbiendo en mi interior como un seco olivo.

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Ya no estaba ahí.Gotterdammerung charcha

Me decidí a decirle que huyéramos por el corto espacio que da el consuelo de una mirada de aceptación. Me dijo que no. ¿Por qué los destinos nos parecen tan angustiosos a quienes no podemos defendernos de la inclemencia?

Como sol de sitio eriazo surcaba mi cabeza revenida. Me hacia pensar en la extinción de los dioses, en el gotterdamerung, que llevamos dentro los occidentales... ¿Qué digo? Si yo no alcanzo a serlo. No soy ese ejemplar grandioso que a lomo de gran bestia atiza su espada y lanza las coces contra los hocicos admirados de los naturales. Nunca fui el león rubio que hizo suya la India, en cachas devaganíricas e inventó religiones ancestrales y ritos atávicos.

No, yo sólo soy ese clon de cuarta fotocopia Un fruto transgénico, agobiado en su ponzoña interna. Una mula cateteada por las abejas de la civilización. Un acostumbrado asentimiento de vertebras. Un trauko exiliado en medio de la nada tecnológica. Un ruido en la pantalla ignota de la realidad.

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Ya no estaba ahí.La colega de filosofia

La filosofía era su arma de filo candente. Su vaporoso hálito de deseo y concuspicencia surcaba el corto espacio de mirada estólida, volviendo mis huesos milhojas descascarados. Me rompía en pedazo delante sus ojos cristálidos. Una metamorfosis angustiosa reverberaba de aquellos trozos de existencia ocular, llenándolo todo con su vestido iridiscente.

Me hablaba de dioses babilónicos que con sus rostros desencajados por el paso de los siglos iban colmando nuestras habitaciones íntimas, como si fuese demonios poseyentes de nuestro idilio glorioso. Las huestes de los arcademonios nos tomaban en sus brazos y nos hacían levitar... Nunca me había impresionado tanto "The Exorcist", las alucinaciones fantasmagóricas de Karras, las alusiones a Morduz, y el etc. de antiángeles, vómitos resurgentes gargantas atiborradas, y sus imágenes asquerosas.

Que delicia oír su voz polifónica como acantilado de aves en estampida, su cuerpo contemplar en la penumbra ofuscada de los colegas enrevesados en sus menudas circunstancias. y yo ahí sufriendo por tener alguna pequeña sensación de su esquivo aroma. Palpitar contra su pecho enhiesto...

Pero siempre venía alguien arruinaba el momento. Me tomaban los alumnos con sus cuestionamientos banales de suspender una prueba, ese ánimo barato de posponer la vida en busca de una respuesta final, que deplorable...


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Yo no estaba ahí.Tocaron la campana

Tocaron la campana, aquel timbre patibular. Y yo cogía el cartapacio de hojas arrugadas, el plumón de pedernal, y un libraco de laboratorio donde arañaban la vida estadística de aquellos animales.
Arancibia, un cuatro, un cinco coma cinco, un seis
Aguilera, un dos coma ocho, un cuatro coma dos, un cinco pelado.

Que los niños se pegaban, que lanzaban las diatribas como proyectiles puntudos, que dejaban huir sus estólidas risas con el único afan de que uno los creyese felices. ¿Qué menos me podría importar a mí? Por ejemplo, estaba el hijo del señor Gutierrez incapaz de proferir verbo alguno sin acabar en ametralladoras palabras soeces, desgarbando la imagen poderosa de mi madre, con imágenes sexolálicas que ella no imagino realizar nunca por el amor del benefactor.

Y mente hilaba sueños de otra construcción: me imaginaba atizándole con un garrote en su jeta de cerdo, y sus babas saltando enrojecidas por el aire como un astro agonizante en el umbral de la vigilia. Pero eso era sólo una quimera más de mis ensoñaciones, una locura hilvanada por mi mente cansada.

Luego, vino la colega de filosofía, quien no resistía aplicar sus tests desenfadadamente malditos en mi frenología enferma. Arrojaba sobre la mesa todo un atado de hojas, métricas indisolubles de las arcas occidentales. Sin embargo, yo, inútil como un bolsón de consentimientos, me dejaba atormentar por su silueta abismal. La contemplaba como una reseca cariátides desnuda. Como sostén de mis ansias más oscuras. De haber deseado acabar con todas esas alimañas con delantal, que correteaban atormentándome, hubiese simplemente huido con ella, por la penumbra de un sueño tórrido...


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Yo no estaba ahí.Había llegado temprano en la mañana

Había llegado temprano en la mañana. El frío hacía de los hocicos tiernos de mis alumnos fumarolas tenues que se encabritaban por el hielo transparente de los patios. Desamparado fui observando cada uno de esas caras risueñas, como papiones enamorados. Brincaban como si quisiesen liberarse de una prisión propia, en busca de algo que les limara sus ángulos filosos. Si, tenían razón, eran bastante irrespetuosos. Allí iba uno con rostro de mayor ilustración y encanto, como un doncel dispuesto a conquistar sus horizontes, y ellos con sus bajas intenciones te arrastraban al polvo mohoso que les servía de cubil.

No será que no estás preparado para todo esto me dijieron, mis profesoras universitarias, como anhelando que fracasase en las prácticas. Deseaban que hubiese lanzado la toalla, porque yo no era normal. No me sentía uno más de los idiotas torpes de mis compañeros, que iban desollejando helicoidales babas bajo la reverberación del sol latino, aquel que alimenta el alma y la razón con su mullido calor. No yo prefería sumirme en gruesos libros que me llenaban de júbilo, y esperanzas.

Sin embargo, tenía que estar haciendo clases en aulas oscuras como mareas abismales, profundo en el vacío más aterrador, lidiando con la incomprensión de mis pares y tratando de alimentar a las bestias que me lanzaban sus garras con horrible intención de dañarme.

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