Le ponís color

Le ponís color chuchetumadre a todas las hueás que aparecen en internet, porque está escrito que cada vez que un símbolo barato y raído se nos aparece ante los ojos el cerebro tartamudea una razón. Como si todo ese ejercicio desentrañador fuese muy distinto al absurdo al sin sentido. Pero en fin nos ahogamos en puras mares de signos queriendo desentrañar las algas marinas de las que hablaba Coloane, aquellas de miles de metros que se asientan en el lecho marino y llegan hasta la superficie estiradas como luengos y perturbadores seres vivos, pero en realidad no existen, porque Coloane escribía desde la comodidad de un escritorio tapizado con el cuero de una res muerta algunos años antes, como si ya importara quien fue ese animal o quien fue Coloane, o qué será de estas palabras colgando en el abismo del tiempo, esperando ser extricadas por la pura pasión de entender o comprender, a guisa de un Champollión eterno y cíclico que vuelve una y otra vez a enterarse de los menesteres de escribanos de antaño.

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La Media Vuelta

Llegamos a lo más profundo de este abismo. Ya nada queda más allá. Cercanamente, a solo pasos, la entrada truinfal de la nueva literatura lo hace de este modo. No otro. Así de coaticos volvimos a las andanzas multifuncionales de nuestra literatura espontanea. Con el pie espontaneo que pisa mierda, se gesta el devenir ipsofacto, ad valorem y de un paraguazo. Así de brigidos, concatenando sentido en la dirección correcta. la de este viento vital. Me veo más alla. Espontaneo y cercenador, la nueva pluma rompe los mundos y con ello a los inmundos. Como un Dios errando, dejando la pura zorra adrede. Y que así sea su voluntad entonces, en el máximo de los egoismos. Sentirse divino, y de repente, se acaba. Llega alguien a cortar la entrada. Entonces nos despedimos, quizás algo vimos o de algo te acordaste. Cercenado e inmundo, el cadaver del recuerdo muere de nuevo frente a tu ojos. Ya no quedaba nada más de este regreso. Quizas nunca me fuí. Me dormí y desperté. Y al otro lado estaba yo.

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El traductor

Puedo escribir los versos más miserables esta noche, pensó Adalberto, mientras observaba cómo la luna, con su letanía humeda y su rostro surcado de viejas cicatrices, recorría el paño de la oscuridad. Sólo, como un embajador en un país de impronunciable nombre, Adalberto se aferró al gollete helado de su cerveza como la única respuesta a su insaciable depresión.

No conseguía aquel trabajo soñado con el que lo engatusaron los orientadores en el liceo para que estudiara traducción. English is the International Language, le dijeron sus maestras de bigotes rancios, con acento remilgado y escrupuloso. Ni una sola lapa se separaba de sus gargantas agringadas sin ser dosificada por el ser anglosajón y escupida con un melodioso acento del norte Yorkshire.

Pero ahí estaba él, engordando merced odiosos platos de fideos y arroz, que alternaba con complicadísimos preparamientos de vienezas con zanahoria, vienezas con verduras congeladas, vienezas con ketchup, vienezas asadas, etc. Sus últimos estipendios los había gastado en una jaba de bebidas, que iba vaciando con más premura que parsimonia.

Recordó a sus amigos del instituto. Ah, esos eran tiempos. Recordó el calor acendrado de sus novias, aquellas mártires del rigor que lo acompañaron a pesar de que no acarreaba ni un sólo peso en sus bolsillos, tan solo por un mísero poema, que les repetía a todas.

Solo, triste y odioso en la misma pensión de su vida de estudiante, decidió que ya era suficiente. Tomó la soga que sostenía una repisa (que se vino abajo completamente), trepó una silla de plástico, que había robado en la cafetería del instituto, y anudó un hojal en la viga expuesta de su habitación.

Allí con la visión única que da la existencia antes de la muerte, respiró hondo y se lanzó...

Lentamente, sus pensamientos se fueron apagándose. Primero lo que había hecho ese día, luego sus lecciones en inglés, los verbos, las if-clauses, las frases de relativo, todas se esfumaron en un segundo que duró un milenio, el rostro de su madre castigándolo por ser tan sucio, las manitos pequeñas rompiendo caparazones de insectos, el verbo primigenio que aprendió en sus primeros años, todo se extinguió de su cabeza.

Allí colgando, su cuerpo se fue transformando en un fluido maloliente y espumoso.

Sus amigos ni lloraron cuando supieron que se había muerto.

Aquí yace un traductor, escribieron con sorna en algún sitio web, de esos gratuitos que nadie lee.

Así efimero como una promesa imposible, Adalberto, el traductor que no traducía, vivió su existencia en una tierra helada y llena de contratiempos.

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De vuelta... o de ida en realidad

Es curioso pero me acabo de dar cuenta de que detesto trabajar con la palabra escrita y quizás incluso detesto la palabra hablada. No porque no sepa escribir o no sepa discursear. Pero creo que lo mío siempre han sido las ideas.

Cuando leo, no veo las palabras, porque para mí las palabras son invisibles, así como, probablemente para un escritor el papel o la pantalla en que escribe le son invisibles. No tengo afecto por las palabras. Para mí no son más que un instrumento, recipientes o, si se prefiere, ladrillos con los cuales edificar ideas.

No me apasionan los discursos incendiarios, ni me conmueven las gloriosas epopeyas. El análisis, eso sí me produce placer. Escuchar o leer a quien tuvo la sagacidad para ver más allá de lo que otros ven. No me importa si lo deja plasmado en 10 o en 500 palabras, aunque reconozco que tendré más estima por el que pudo hacerlo en 10 y no se tropezó con 490 palabras para decir lo único importante en las primeras o últimas diez. Claro, también me gusta sumergirme en mis propias cavilaciones.

Como esa vez que con un amigo me puse a pensar en qué era el tiempo. “No importa si el agua está turbia, lo lamentable es que estuviera poco profunda”, algo así decía el aforismo. Tratar de comprender lo que nos une y lo que nos divide, a nosotros los humanos y a todos los demás, a las demás bestias y a los lugares y objetos. Si hubiera nacido en el siglo XV, hubiera querido ser un renacentista. Si hubiera nacido a principios del siglo XX, hubiera sido un librepensador. Pero como nací en la segunda mitad del siglo, en una familia humilde del país más raro del cono sur, no me quedó otra que ser otro, un nadie, un anónimo, un mediocre, un discapacitado social, un inepto con ínfulas de filósofo posmoderno.

Por eso renuncié a mis afanes intelectuales, pero estuve tentado por los afanes políticos, donde tampoco obtuve logros. Después tuve que asumir responsabilidades mundanas: trabajar, mantener una familia. Así me convertí en un empleado, un apatronado, un asalariado, un alienado. Incapacitado de crear, de intentar crear, algo distinto de mí mismo, que no fuera resultado del natural y mundano esfuerzo de la carne. Ahora estoy envejeciendo, aunque pueda parecer joven ante los ojos de mirar descuidado. Pero si alguna vez llegaran a mirarme un par de ojos penetrantes, inquisitivos, curiosos, se darían cuenta de que mis ganas están mermando, de que me estoy consumiendo en una insoportable impotencia.

Es algo parecido a aquella impotencia que sentía cuando adolescente por no saber qué hacer. Ahora sé que hacer, pero la desesperanza me consume, lentamente, como un cáncer que poco a poco se va diseminando; como el letargo del sedentarismo, que me tiene sentado hace casi 15 horas, garrapateando en palabras castellanas un texto del imperio, como un vil sucesor de Champollion, venido a menos, tercermundista, sin hazañas ni proezas.

Así se va consumiendo mi cuerpo, mis huesos se resquebrajan, mi musculatura se atrofia, voy haciéndome menos denso, menos resuelto, más vulnerable. Soy un viejo chico con infancia tardía, con asombros rancios, ridículamente rebelde, ante el poder de los aventajados, ante la máquina socioeconómica, que siempre destruye al más débil. Sí, alguna vez me creí fuerte, aunque al principio me supiera desamparado. Después me creí afortunado, sí, todavía lo creo.

Pero pronto caeré al ciclo de las desgracias nuevamente. Y la curva será muy pronunciada y el movimiento demasiado lento como para hacerme subir la cuesta y trepar al lugar de la dicha. Ya no fui un intelectual. Todo lo que pude haber pensado, ya lo pensó antes alguien mejor que yo. No fui un político. Tengo demasiada vergüenza. No fui escritor ni poeta, porque acabo de darme cuenta que las letras, la grafía, los fonemas, los renglones me producen vértigo.

Tampoco podré expresarme en la música, porque no soy un buen ejecutante, no tengo disciplina, odio la mecanización, detesto la improvisación per sé. Seguiré siendo, no por mucho, nada más que un observador.

Me seguiré sorprendiendo vanamente con cosas que ya sorprendieron a otros, y de las cuales otros sacaron conclusiones más brillantes, o más útiles que yo. Yo, también detesto la individualización. Tener conciencia de mí mismo. Ser un individuo, es la cosa más aterradora que me pudiera haber sucedido. Sí, alguna vez le dije a alguien que vivir es sufrir. Porqué entonces nos aferramos tanto a nuestra existencia. Porqué nos aferramos tanto a nuestra individualidad.

Así seguiré sorprendiéndome por esto y por otros cientos de cosas. Y habrá otros que lo habrán hecho antes que yo, y mejor. Incluso debe haber otros que ya hayan pensado, dicho o escrito esto, o algo muy similar, y que comparten conmigo algunas cualidades (cómo no, si se reutilizan nuestros genes una y otra vez, si sale el sol una y otra vez y todo lo que ocurre se nos revela una y otra vez, quizás yo mismo he estado aquí antes, haciendo esto mismo infinitas veces, infinitas veces preguntándome quién soy, qué hago aquí, porqué no me dejaron fuera de todo esto).

Así pensaba esta mañana que las creaciones humanas sólo triunfan cuando una vez echadas al mundo no sufren intervención de su creador. Bueno, quizás por eso hay tantos que creen en un creador de la especie humana, y de todo lo que la rodea. Nuestro creador se margina a sí mismo de su creación para que podamos existir. Allá él. Por eso no tengo obra, todo lo termino interviniendo y en suma, acabando.

Probablemente le pase a estas palabras garrapateadas después de darme cuenta que no quiero ser un escriba del siglo XXI. No soy un mercader de palabras ni quiero serlo. Quiero ser libre de esta prisión de letras. Y sí, odio la poesía. Me aburre, me aburren los poetas. No me interesa presenciar a otros masturbándose frente al espejo, para eso me basta mi propio esperpento cadaverístico. Ya les dije que puedo escribir, pero lo hago no por la belleza del lenguaje o de las palabras. Ni siquiera lo hago porque desee expresarme. Lo hago porque mi mente necesita desahogarse del miasma que la corrompe y no deja que elucubre ideas con claridad.

Me sigo sorprendiendo, incluso de mi propia inconsecuencia, de mi enfermedad, de mi secreto. Algún día terminaré aislado, a pesar de que lo que más ansío es lograr comunicarme con todos, establecer un verdadero vínculo, probablemente para idiotizarlos o quizás para salvarlos. Ahora tengo ínfulas de mesías. Casi las tuve antes. Pero ya escuché al que dijo “sálvate tú mismo”. Ése me cagó toda la inspiración. Aún más que el que me hubiera dicho “no salvas a nadie”. Ése me hubiera dado al menos esperanzas. Le creo, en fin, al que alguna vez siendo niños todavía, expresó su repugnancia hacia mi persona de la manera más categórica. Curiosamente, ya no recuerdo ni su nombre y su cara es sólo una mancha borrosa. Sus palabras, sin embargo, quedaron marcadas en mi mente a fuego: “me das lástima”. Hasta qué punto llega la crueldad de los niños, en su ignorancia.

Nadie sabe realmente de lo que es capaz un niño. Más peligrosos son que un mono con navaja. Como los dictadores son, sí, como los tiranos. Y claro que debe de haber sentido lástima de mí. Así es como me he sentido desde hace mucho tiempo. Años después otras palabras se juntaron con ésas, traídas de unos labios de mujer: “eres fome”. Equivalentes a esas fueron estas otras: "eres muy bueno", léase fome de nuevo. En fin, al final me voy quedando en lo cotidiano, sin descifrar ni la más mínima porción de verdad que pueda aquietar mi desesperanza.

Siento que vivo sumergido en un mar de ruido, donde a veces el rumor colectivo se apaga levemente y logro escuchar una sola voz, de alguien muy a la distancia, que tiene algo que decirme que me conmueve y me da fuerzas para seguir soportando el ruido que pronto vuelve a hacerse ensordecedor.

Cómo será ser ciego, sordo y mudo. Le preguntaría a Hellen Keller. Ya ni el conocimiento me conmueve, ahora que es tán fácil conseguirlo por medio de Internet. Se acabaron también mis otras intenciones de adolescente: ser un explorador. Para qué si está el NatGeo y el Discovery y el History. Ahí están esos otros que ya exploraron y no han dejado nada a este iluso. Bueno, me cansé de escribir.

Ya dije antes que detesto las palabras. Pero como no dejo de ser vanidoso, al igual que todos ustedes, me devolveré sobre lo escrito para leerlo, hacerle correcciones, censurar algunas partes, reescribir otras y quizás publicarlo en algún blog que tengo armado con unos amigos que, al igual que yo, odian la escritura, pero no pueden parar de escribir. Hasta luego.

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Oh Cornucopia Miserable


Era todo un escritor.
De esos que cuando están haciendo cualquier cosa, en la mente comienzan a torear palabras, una tras otras en una cadena de lingüística mansedumbre, y luego se escapaban a su nicho predilecto para hundirse en los intersticios de la escritura, a poner el pene de tinta sobre las hojas prostitutas (Bascuñán, 2005), sexual como le gustaba pensarlo. Entonces narraba sus exóticas aventuras, como cuando le sacaba las pulgas a su perro, a guisa de mono del tercer milenio. O de la vez, que encontró, después de años, a un amigo del liceo en la calle, y conversaron de sus vidas laborales. Narraba de cómo se fue apareciendo entre las palabras de su amigo un dejo de alardeo: "Mira, mira, (el anillo en el dedo), ¡me casé pues! ¿Y tú cuándo piensas casarte?";"Bueno, y tienes auto, pues yo ya tengo dos, para mí y la Susanita."; "Bueno, ¿y te vai a comprar una casa? Pregúntame a mí, porque la pila de trámites que hay que hacer". Entonces el aire se enrarecía tanto con las miasmas de los logros de uno y los efluvios de la hipocresía torpe del otro, que terminaban enfermos del estómago, despidiéndose como desconocidos, y sumiéndose en las fauces del puerto, como dos olvidados mojones de vapor.

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En colores y chuchadas (miserable sci-fi)

Y encontré entonces, en la chuchá limpia del loco en miseria, la flor perenne de la nueva literatura que zanjaría las eras con un antes y después idóneo e inevitable. En aquellos fonemas que resuenan en gloria y majestad las fricativas shilenas con concatenaciones múltiples de juicios arbitrarios sobre mi persona, mi inteligencia y mi santa madre, se presentaba además una interpretación heurística de mi tendencia sexual. Eso acompañado de gesticulaciones azarosas que intentaban darle mayor peso semántico a sus ya explícitos comentarios acerca de la situación. La misma idea se pudo haber sentenciado de una forma breve y concisa: usted tiene la culpa de lo que sucedió. Por supuesto, esta carece absolutamente de la sabrosísima idoneidad de nuestros cánticos coloquiales.

No me parece que haya sido mi culpa. Sin embargo también lo lamento por este pobre hombre, con su cuerpo partido por la mitad, no le quedara mucho tiempo mas para desatar su furia y su parecer al respecto de este desafortunado accidente. No es bueno doblar una esquina rápido para meterse al carril rápido. Tampoco es bueno cruzar por al medio de la calle. En una calle donde los tipos como yo demostramos nuestros niveles de testosterona haciendo cuanta wea violenta se nos pase por la cabeza, puros James Bonds y weas, alucinados los culiados, con los modelos inequívocos de súper hombres que se producen para apoyar múltiples consumismos. En todo caso, si se me diera la ocasión de hablar unos segundos antes de morir, los haría un discurso nobel en el cual vertiria las pocas ideas filantrópicas que he tenido en este corto tiempo de vida. Lo usaria para alabar a la poesia y la describiría como la pluma mágica, aquella que se cumple al momento de ser inscrita en el papel del tiempo, aquella bellísima metáfora de la vida y el impulso concretizador que hizo grande a mi estirpe de homo sapiens, capaces de consumir completamente este mundo, y otros, y de soñar que algun día cada uno de ellos serian dioses de sus propios mundos, dueños de las constelaciones siderales donde fluye la miel y la leche como campos magnéticos interminables que se extienden por el infinito, las galaxias elíseas, o quizas daria gracias del tiempo que me fue otorgado en este mundo para sufrir y perecer.


Luego de pronunciar unas puteadas más, el pobre miserable seguía apuntándome a los ojos con su mirada, deseando que fueran cañones con carga automática para llenarme el cuerpo de plomo. Detuvo su respiración. En un segundo, miro hacia el cielo, y dejo de moverse. Entonces, como en toda historia así de miserable, no hay final que deje feliz al lector ni tampoco al escritor. Tampoco hay una lección que aprender ni una metáfora para recordar. El tiempo ha muerto una vez más.

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La aventura de la escritura

Con mi amigo habíamos comenzado la aventura por la escritura casi del mismo modo, el por azar y yo por aciaga fortuna. Destinados a sucumbir en alforjas de papel, condenados a extensas jornadas de devaneos mentales, ya a punto de quedar atolondrados de tanta poesía barata, que ya a esa altura daba lo mismo si eran sólo palabras que habían caído con negligencia sobre la hoja o verdaderos silogismos dignos de entablarse y ser enviados a la biblioteca de alejandría como los Principia Mundi.

Nos inclinábamos por lo primero, por ser la nuestra estirpe de vencidos.
Así habíamos llegado a configurar una lingua franca que a guisa de máquina Enigma de la razón, cifraba nuestros códigos entornos a las roldanas de la sin-razón y el esperpento (desparpajo). Conforme transcurría el tiempo, fuimos descubriendo que las nuestras eran voces copiadas a la imagen de otros ensoñadores que quisieron hacer de este nido de víboras una jerusalem justa y reinvindicada.

Nada más absurdo si consideramos el modo trágico con el que termina la historia del mundo, o quizás deba decir empieza. Por lo mismo, nada bueno avizoraban nuestras manos, tarareando la cubierta blanca de algún último papel robado a la conciencia moral de nuestros profesores de la universidad.

Aprendimos el oficio de escribiente, pero nadie nos dio lugar para nuestros garabatos. Sólo un pequeño sitial reservado para los victoriosos de una batalla sangrienta. Algún puesto en el PIIE, algún lugar en la editorial de estudiantes, a la costillas de algún cabezón de pacotilla, mendigando una atención laboral. ¿Para qué? Para que llegara la vieja y dijiera con el rostro adusto por la desidia platinada que recorrió su boca “que ya es hora de cortar el cordón umbilical”. Allí te parabas en seco, por que aquel no era tu lugar sino una triste mancha de aceite en la falda del pantalón. Una arista triste en el camino de la verdad, que nos llevó a la confusión.

Cortar el cordón con los dientes de la razón o el absurdo, a otro perro con esos filos, que yo no me trago la muerte del destino, quise decir, más sólo un ladrido seco floreció en mi boca, como obra gruesa.

Yo en la esquina de la gran edificación, llamada casa de estudio, repitiendo su nombre ad infinitum. Sobre su cúpula de cristal, un buitre esperando para que de el paso final, ¿o es el primero?

Olvido las preguntas, cuando tengo la respuesta.

Y mis ganas son sólo viejos tormentos cuyos cuellos rotos no logran rotar por el hombre, y asir la anciana costumbre de destruir aquellos edificios de la razón construidos para atiborrar de cánceres a los paseantes. La ancestral tradición de develar la calavera de la inteligencia occidental.

Cuando vi que mi altura no podía alcanzar el hermoso sitial destinado a los guerreros, sucumbió mi noble intención de vencer el destino, y hacerme el gran hombre blanco que coge en la bruma de los sueños seculares. En cambio me sumí en la confusión más tenebrosa a la que puede verse enmarañado un traductor miserable. No fui testigo de aquel momento en que la verdad dio paso a al absurdo.

Quizás fue cuando vi que el pendejo de tercero básico le mostraba su gargajo verde y constipado a su colega menuda, allí dije yo ya no soy más profesor, negando una estirpe de guaguateros, ávidos de resonar los mocos de las bestias en desarrollo. Yo tampoco. Mas me di el tiempo de no salir corriendo. ¿A dónde iba a ir? ¿A dónde fui después de todo? Como un idiota fantasma me fui dando vueltas por el sitio que me dio liquidez. Y por eso la cerdita de mi compañera me invitaba a matricularme una y otra vez a la carrera que obviamente repudiaba, el suplicio de prometeo, nuevamente. Todo porque ella quería un CAA que le diera lomo vetado por camionadas a su lujurioso hocico.

Y las veces que me vi enfrentado por la manga de culebras que querían de mi justificación. No toleraban que un traductor fuese el profesor de un miserable taller de literatura. ¿Lo habrían hecho mejor? Sin duda y allí está mi rabia, pues de escritor me fui trazando un hermoso destino de trafica de palabras. Ya no era el que copulaba con el verbo, sino el cafiche que lo ofrecía al mejor postor. Versos a gamba y a cien, pa los regalones que acostumbrados a beber el barro regurgito de la madre conciencia, no logran vislumbrar el brillo inmenso de esos poemas baratos que vendíamos.

Dedicado a mis amigos Oscar y al lucho.

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