La aventura de la escritura

Con mi amigo habíamos comenzado la aventura por la escritura casi del mismo modo, el por azar y yo por aciaga fortuna. Destinados a sucumbir en alforjas de papel, condenados a extensas jornadas de devaneos mentales, ya a punto de quedar atolondrados de tanta poesía barata, que ya a esa altura daba lo mismo si eran sólo palabras que habían caído con negligencia sobre la hoja o verdaderos silogismos dignos de entablarse y ser enviados a la biblioteca de alejandría como los Principia Mundi.

Nos inclinábamos por lo primero, por ser la nuestra estirpe de vencidos.
Así habíamos llegado a configurar una lingua franca que a guisa de máquina Enigma de la razón, cifraba nuestros códigos entornos a las roldanas de la sin-razón y el esperpento (desparpajo). Conforme transcurría el tiempo, fuimos descubriendo que las nuestras eran voces copiadas a la imagen de otros ensoñadores que quisieron hacer de este nido de víboras una jerusalem justa y reinvindicada.

Nada más absurdo si consideramos el modo trágico con el que termina la historia del mundo, o quizás deba decir empieza. Por lo mismo, nada bueno avizoraban nuestras manos, tarareando la cubierta blanca de algún último papel robado a la conciencia moral de nuestros profesores de la universidad.

Aprendimos el oficio de escribiente, pero nadie nos dio lugar para nuestros garabatos. Sólo un pequeño sitial reservado para los victoriosos de una batalla sangrienta. Algún puesto en el PIIE, algún lugar en la editorial de estudiantes, a la costillas de algún cabezón de pacotilla, mendigando una atención laboral. ¿Para qué? Para que llegara la vieja y dijiera con el rostro adusto por la desidia platinada que recorrió su boca “que ya es hora de cortar el cordón umbilical”. Allí te parabas en seco, por que aquel no era tu lugar sino una triste mancha de aceite en la falda del pantalón. Una arista triste en el camino de la verdad, que nos llevó a la confusión.

Cortar el cordón con los dientes de la razón o el absurdo, a otro perro con esos filos, que yo no me trago la muerte del destino, quise decir, más sólo un ladrido seco floreció en mi boca, como obra gruesa.

Yo en la esquina de la gran edificación, llamada casa de estudio, repitiendo su nombre ad infinitum. Sobre su cúpula de cristal, un buitre esperando para que de el paso final, ¿o es el primero?

Olvido las preguntas, cuando tengo la respuesta.

Y mis ganas son sólo viejos tormentos cuyos cuellos rotos no logran rotar por el hombre, y asir la anciana costumbre de destruir aquellos edificios de la razón construidos para atiborrar de cánceres a los paseantes. La ancestral tradición de develar la calavera de la inteligencia occidental.

Cuando vi que mi altura no podía alcanzar el hermoso sitial destinado a los guerreros, sucumbió mi noble intención de vencer el destino, y hacerme el gran hombre blanco que coge en la bruma de los sueños seculares. En cambio me sumí en la confusión más tenebrosa a la que puede verse enmarañado un traductor miserable. No fui testigo de aquel momento en que la verdad dio paso a al absurdo.

Quizás fue cuando vi que el pendejo de tercero básico le mostraba su gargajo verde y constipado a su colega menuda, allí dije yo ya no soy más profesor, negando una estirpe de guaguateros, ávidos de resonar los mocos de las bestias en desarrollo. Yo tampoco. Mas me di el tiempo de no salir corriendo. ¿A dónde iba a ir? ¿A dónde fui después de todo? Como un idiota fantasma me fui dando vueltas por el sitio que me dio liquidez. Y por eso la cerdita de mi compañera me invitaba a matricularme una y otra vez a la carrera que obviamente repudiaba, el suplicio de prometeo, nuevamente. Todo porque ella quería un CAA que le diera lomo vetado por camionadas a su lujurioso hocico.

Y las veces que me vi enfrentado por la manga de culebras que querían de mi justificación. No toleraban que un traductor fuese el profesor de un miserable taller de literatura. ¿Lo habrían hecho mejor? Sin duda y allí está mi rabia, pues de escritor me fui trazando un hermoso destino de trafica de palabras. Ya no era el que copulaba con el verbo, sino el cafiche que lo ofrecía al mejor postor. Versos a gamba y a cien, pa los regalones que acostumbrados a beber el barro regurgito de la madre conciencia, no logran vislumbrar el brillo inmenso de esos poemas baratos que vendíamos.

Dedicado a mis amigos Oscar y al lucho.

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Blogger Translaughter dijo...

Compadre, esta es una obra maestras. Deten las impresiones apocrifas de los privilegiados por editoriales prosaicas. Impriman este texto, esta magnífico. Quizas es tambien por que estoy terrible e high, pero esta bueno. Siga así con la miserabilidad Hiperrealista, y ACTKK.

make hay while the sun shines

8:56 p.m.  
Blogger Fiestoforo dijo...

Oir la voz de mis amigos me da gusto en la oscuridad de la confusión. He dicho que la nuestra es tarea de Confusión y de ahí asombro. No las idiotas resetas que tanto nos hicieron creer en algo seguro que no eramos.

Gracias amigo por tu palabras. Nostálgico estoy de tiempos mejores.
Miserable{heuón{tiempo{mejor,e},quiere},e}

11:48 a.m.  
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