De vuelta... o de ida en realidad

Es curioso pero me acabo de dar cuenta de que detesto trabajar con la palabra escrita y quizás incluso detesto la palabra hablada. No porque no sepa escribir o no sepa discursear. Pero creo que lo mío siempre han sido las ideas.

Cuando leo, no veo las palabras, porque para mí las palabras son invisibles, así como, probablemente para un escritor el papel o la pantalla en que escribe le son invisibles. No tengo afecto por las palabras. Para mí no son más que un instrumento, recipientes o, si se prefiere, ladrillos con los cuales edificar ideas.

No me apasionan los discursos incendiarios, ni me conmueven las gloriosas epopeyas. El análisis, eso sí me produce placer. Escuchar o leer a quien tuvo la sagacidad para ver más allá de lo que otros ven. No me importa si lo deja plasmado en 10 o en 500 palabras, aunque reconozco que tendré más estima por el que pudo hacerlo en 10 y no se tropezó con 490 palabras para decir lo único importante en las primeras o últimas diez. Claro, también me gusta sumergirme en mis propias cavilaciones.

Como esa vez que con un amigo me puse a pensar en qué era el tiempo. “No importa si el agua está turbia, lo lamentable es que estuviera poco profunda”, algo así decía el aforismo. Tratar de comprender lo que nos une y lo que nos divide, a nosotros los humanos y a todos los demás, a las demás bestias y a los lugares y objetos. Si hubiera nacido en el siglo XV, hubiera querido ser un renacentista. Si hubiera nacido a principios del siglo XX, hubiera sido un librepensador. Pero como nací en la segunda mitad del siglo, en una familia humilde del país más raro del cono sur, no me quedó otra que ser otro, un nadie, un anónimo, un mediocre, un discapacitado social, un inepto con ínfulas de filósofo posmoderno.

Por eso renuncié a mis afanes intelectuales, pero estuve tentado por los afanes políticos, donde tampoco obtuve logros. Después tuve que asumir responsabilidades mundanas: trabajar, mantener una familia. Así me convertí en un empleado, un apatronado, un asalariado, un alienado. Incapacitado de crear, de intentar crear, algo distinto de mí mismo, que no fuera resultado del natural y mundano esfuerzo de la carne. Ahora estoy envejeciendo, aunque pueda parecer joven ante los ojos de mirar descuidado. Pero si alguna vez llegaran a mirarme un par de ojos penetrantes, inquisitivos, curiosos, se darían cuenta de que mis ganas están mermando, de que me estoy consumiendo en una insoportable impotencia.

Es algo parecido a aquella impotencia que sentía cuando adolescente por no saber qué hacer. Ahora sé que hacer, pero la desesperanza me consume, lentamente, como un cáncer que poco a poco se va diseminando; como el letargo del sedentarismo, que me tiene sentado hace casi 15 horas, garrapateando en palabras castellanas un texto del imperio, como un vil sucesor de Champollion, venido a menos, tercermundista, sin hazañas ni proezas.

Así se va consumiendo mi cuerpo, mis huesos se resquebrajan, mi musculatura se atrofia, voy haciéndome menos denso, menos resuelto, más vulnerable. Soy un viejo chico con infancia tardía, con asombros rancios, ridículamente rebelde, ante el poder de los aventajados, ante la máquina socioeconómica, que siempre destruye al más débil. Sí, alguna vez me creí fuerte, aunque al principio me supiera desamparado. Después me creí afortunado, sí, todavía lo creo.

Pero pronto caeré al ciclo de las desgracias nuevamente. Y la curva será muy pronunciada y el movimiento demasiado lento como para hacerme subir la cuesta y trepar al lugar de la dicha. Ya no fui un intelectual. Todo lo que pude haber pensado, ya lo pensó antes alguien mejor que yo. No fui un político. Tengo demasiada vergüenza. No fui escritor ni poeta, porque acabo de darme cuenta que las letras, la grafía, los fonemas, los renglones me producen vértigo.

Tampoco podré expresarme en la música, porque no soy un buen ejecutante, no tengo disciplina, odio la mecanización, detesto la improvisación per sé. Seguiré siendo, no por mucho, nada más que un observador.

Me seguiré sorprendiendo vanamente con cosas que ya sorprendieron a otros, y de las cuales otros sacaron conclusiones más brillantes, o más útiles que yo. Yo, también detesto la individualización. Tener conciencia de mí mismo. Ser un individuo, es la cosa más aterradora que me pudiera haber sucedido. Sí, alguna vez le dije a alguien que vivir es sufrir. Porqué entonces nos aferramos tanto a nuestra existencia. Porqué nos aferramos tanto a nuestra individualidad.

Así seguiré sorprendiéndome por esto y por otros cientos de cosas. Y habrá otros que lo habrán hecho antes que yo, y mejor. Incluso debe haber otros que ya hayan pensado, dicho o escrito esto, o algo muy similar, y que comparten conmigo algunas cualidades (cómo no, si se reutilizan nuestros genes una y otra vez, si sale el sol una y otra vez y todo lo que ocurre se nos revela una y otra vez, quizás yo mismo he estado aquí antes, haciendo esto mismo infinitas veces, infinitas veces preguntándome quién soy, qué hago aquí, porqué no me dejaron fuera de todo esto).

Así pensaba esta mañana que las creaciones humanas sólo triunfan cuando una vez echadas al mundo no sufren intervención de su creador. Bueno, quizás por eso hay tantos que creen en un creador de la especie humana, y de todo lo que la rodea. Nuestro creador se margina a sí mismo de su creación para que podamos existir. Allá él. Por eso no tengo obra, todo lo termino interviniendo y en suma, acabando.

Probablemente le pase a estas palabras garrapateadas después de darme cuenta que no quiero ser un escriba del siglo XXI. No soy un mercader de palabras ni quiero serlo. Quiero ser libre de esta prisión de letras. Y sí, odio la poesía. Me aburre, me aburren los poetas. No me interesa presenciar a otros masturbándose frente al espejo, para eso me basta mi propio esperpento cadaverístico. Ya les dije que puedo escribir, pero lo hago no por la belleza del lenguaje o de las palabras. Ni siquiera lo hago porque desee expresarme. Lo hago porque mi mente necesita desahogarse del miasma que la corrompe y no deja que elucubre ideas con claridad.

Me sigo sorprendiendo, incluso de mi propia inconsecuencia, de mi enfermedad, de mi secreto. Algún día terminaré aislado, a pesar de que lo que más ansío es lograr comunicarme con todos, establecer un verdadero vínculo, probablemente para idiotizarlos o quizás para salvarlos. Ahora tengo ínfulas de mesías. Casi las tuve antes. Pero ya escuché al que dijo “sálvate tú mismo”. Ése me cagó toda la inspiración. Aún más que el que me hubiera dicho “no salvas a nadie”. Ése me hubiera dado al menos esperanzas. Le creo, en fin, al que alguna vez siendo niños todavía, expresó su repugnancia hacia mi persona de la manera más categórica. Curiosamente, ya no recuerdo ni su nombre y su cara es sólo una mancha borrosa. Sus palabras, sin embargo, quedaron marcadas en mi mente a fuego: “me das lástima”. Hasta qué punto llega la crueldad de los niños, en su ignorancia.

Nadie sabe realmente de lo que es capaz un niño. Más peligrosos son que un mono con navaja. Como los dictadores son, sí, como los tiranos. Y claro que debe de haber sentido lástima de mí. Así es como me he sentido desde hace mucho tiempo. Años después otras palabras se juntaron con ésas, traídas de unos labios de mujer: “eres fome”. Equivalentes a esas fueron estas otras: "eres muy bueno", léase fome de nuevo. En fin, al final me voy quedando en lo cotidiano, sin descifrar ni la más mínima porción de verdad que pueda aquietar mi desesperanza.

Siento que vivo sumergido en un mar de ruido, donde a veces el rumor colectivo se apaga levemente y logro escuchar una sola voz, de alguien muy a la distancia, que tiene algo que decirme que me conmueve y me da fuerzas para seguir soportando el ruido que pronto vuelve a hacerse ensordecedor.

Cómo será ser ciego, sordo y mudo. Le preguntaría a Hellen Keller. Ya ni el conocimiento me conmueve, ahora que es tán fácil conseguirlo por medio de Internet. Se acabaron también mis otras intenciones de adolescente: ser un explorador. Para qué si está el NatGeo y el Discovery y el History. Ahí están esos otros que ya exploraron y no han dejado nada a este iluso. Bueno, me cansé de escribir.

Ya dije antes que detesto las palabras. Pero como no dejo de ser vanidoso, al igual que todos ustedes, me devolveré sobre lo escrito para leerlo, hacerle correcciones, censurar algunas partes, reescribir otras y quizás publicarlo en algún blog que tengo armado con unos amigos que, al igual que yo, odian la escritura, pero no pueden parar de escribir. Hasta luego.

Etiquetas:

Comenta!:

Anonymous Isaac Alterman dijo...

Yo creo que somos muchos los que nos identificamos con tu texto. A mi por lo menos me faltan palabras para expresar las ideas y creo que a ti no.
Deberías seguir escribiendo o documentando por ultimo lo que piensas aunque por periodos tires la toalla y después vuelvas a la pelea por algo que nos mueve, que todavía no sabemos que es.
Creo que todos somos inconsecuentes y claro que nos da impotencia serlo, bueno entonces documentemos nuestra impotencia y veamos la forma de dejar la inquietud de ese sentimiento a nuestros hijos o a nuestras futuras generaciones.
Dime Héctor; ¿tu tienes algún escrito de tu padre, madre o ser cercano que te explique cosas, acontecimientos o sentimientos de su juventud? Yo no las tengo y mucha gente tampoco.
Aprovechemos esta wea de Internet para eternizar los escritos, que a pesar que son palabras para algunos, tal vez sean ideas para nuestros hijos.

Muy bueno tu articulo.

1:12 a.m.  
Blogger Fiestoforo dijo...

Amigo, esa desazón ya la he sentido antes. Como que la bulla melosa de la inconsistencia me envolviera con su manto de irrealidad absoluta, y ya todo pareciera extraviado y ajeno. A veces me despierto como de un sueño y presencio la vida como un menudo espectador en el fondo.

¿Habrá una liberación en todo esto que nos agobia?
Hay un cuento, amigo que refleja estas ansias de libertad última:

Un misionero llega al áfrica a predicar la revelación del Señor. Deasfortunadamente se extravía en el medio de la savana y va a dar al centro de una manada de leones hambrientos. Invocando el poder de Dios, extrae su violín e interpreta una hermosa tonada sacra de Bach. Fascinados los leones escuchan atentos la muestra de virtuosimo del extraño.
Mas, repentinamente, de la espesura, sale un gran león de melena negra, y en un dos por tras, destroza el violín y devora al misionero.
Los otros leones entonces declaran:
"Otra vez el león sordo nos embarra la diversión."

Yo interpreto que a veces cuando la música de la razón, el gran engaño de la realidad, nos envuelve con su hipnotismo, debemos despertar a ese león sordo, y desencajar lo que es meloso y establecido y así despertar de ese embrujo.

Salud!

8:54 a.m.  
Publicar un comentario

<< Pa la casa!